Nº 1602 -  1 / IX / 2014 
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OPINIÓN

La basura que viene del sol levante

Javier Pérez Pellón
 

A todos, de cuando niños, nos han enloquecido los juguetes. Yo pertenezco a la generación de los soldaditos de plomo, del cine Nick, de los caballos de cartón y de los primeros trenes eléctricos, pero, también, de la peonza, del yo-yo y de las canicas. Mis hijos, en la década de los 60 y primera de los 70, dieron ya no sólo un salto de cualidad sino, sobre todo, de cantidad, de posibilidad de elección. La publicidad en la tele causaba auténticas masacres y ataques de histerismo entre los padres que formaban interminables colas delante de los mostradores de El Corte Inglés, en las vísperas de la llegada de los Reyes Magos a los hogares de los españoles.

Pero, al menos, estábamos seguros de nuestra salud, de la de mi santa, de la mía y la de mis hijos. El cine Nick era de cartón, las peonzas de madera, las canicas de piedra y casi todo el resto fabricado con hojalata. Mis hermanas con Mariquita Pérez y su innumerable vestuario, expuestos en los escaparates de “su casa” en la madrileña calle Serrano y alguna que otra chuchería ya estaban mejor que servidas. Alguna vez, extraordinariamente, se podía encontrar un juguete fabricado en Alemania o en Francia, absoluta garantía. Los juguetes de nuestros hijos eran, por lo general, de producción nacional, Valencia y Alicante, mayormente. Yo, que siempre amé lo exótico, les puse, una vez, en los zapatos, un precioso teatro italiano de marionetas, con Arlequín, Colombina y Polichinela y un perrito, también italiano, que a un silbido obedecía corriendo a su encuentro y emitiendo melosos ladridos.

Pero ¿y nuestros nietos? ¡Ay nuestros nietos! Eso es otra cosa. Con todo nuestro cariño, se los encuentran al lado del árbol de Navidad, porque aquí eso de Melchor, Gaspar y Baltasar son ilustres desconocidos, sólo recordados en los nacimientos de las iglesias, y los regalos se los debe de traer un tipo foráneo que llega de Escandinavia cargado de juguetes chinos, esto es, fabricados en las tierras del sol levante ¡Hasta la cursilísima Barbie, con pinta de prostituta arrabalera de Pigalle y que tanto gusta a nuestras nietecillas, al igual que fuera la muñequita preferida de sus madres, porque ya ha cumplido sus añitos, está fabricada en China!

Pues bien, ya se sabe, lo primero que hacen esos pequeñajos y pequeñajas, con sus dinosaurios de plástico, con sus perritos ladradores, con sus monstruos parlanchines y con sus adoradas Barbies, es manosearlos, desarmarlos, si ello fuera posible, terminando por chuparlos y morderles metiéndoselos en la boca.

Y aquí comienza la historia. Quien haya visitado o conozca por referencia de los amigos que allí han estado, las viejas callejuelas, los “hutong”, de Pekín, a dos pasos de la “Ciudad prohibida”, se habrán sorprendido al ver como una legión de hombres y mujeres les siguen hasta los contenedores donde echan las botellas vacías, los restos del bocadillo…Los contenedores de todas estas calles están divididos entre los destinados a admitir desperdicios reciclables y los no reciclables. Los primeros están siempre vacíos porque, apenas llenos, alguien, de entre esos hombres y mujeres, vigila lo que hay dentro y cada cinco minutos carga con ellos para venderlos a otros intermediarios que, a su vez, los venden a los grandes centros de almacenamiento de basura. Plástico, madera, papel, cartón, hierro, aluminio, polisterol,…inician su largo viaje hacia los centros de reciclaje. Sin ningún coste para el Estado. Como esta actividad rebaja el coste de recogida que debería ser de competencia de la pública administración, pues se la tolera haciendo la vista gorda ante similar irregularidad legislativa.

En Italia, en el precio de compra de una botella están incluidos no sólo los costes de su producción, sino también los de su posterior reciclaje o de su destrucción, porque aquí, como al igual que en casi todo el mundo, la basura es una fuente de riqueza. Sólo que en este país se paga el coste de su transformación para recuperar una materia prima que, después, recorre el camino inverso.

Los números son emblemáticos; el tráfico clandestino de basura es un gran negocio. En los puertos italianos se ha triplicado, en dos años, este tráfico ilegal: 4.000 toneladas fueron incautadas en el 2008 y 11.400 toneladas en el 2010. En Nápoles, en el mes de abril de este 2011, 5 “containers” que, según su certificación escrita, se suponía que dentro tenía cabida materia prima reciclable, se comprobó que estaban repletos de basuras “especiales”: destino China. En Taranto, en el sur de Italia, en un año, se han incautado 1.400 toneladas de basura dentro de 60 “containers”. En Emilia Romagna, centro de Italia, la guardia forestal se ha incautado de camiones y “containers” abundantemente llenos de aparatos electrónicos con destino hacia tierras orientales. En la región de Venecia los carabineros han incautado más de 40.000 toneladas de desperdicios tóxicos que una empresa de reciclaje fingía de transformar, cuando, en realidad, estaban preparados para su exportación a China.

Se puede decir que, en los puertos italianos, sucede de todo: contenedores llenos de veneno, lana de vidrio, telones de agricultura, – aquellos que se utilizan en los invernaderos hechos a base de politinol, de fitofármacos, pesticidas y fertilizantes químicos que deberían ser destruidos en el lugar de su origen y que, sin embargo, se destinan al comercio con China. De esta forma se pierde el rastro de las huellas de los oscuros viajes de la basura, su control administrativo. Dónde iba a parar tanto desperdicio, cómo se hacía su almacenamiento y cómo venía reciclado. Tampoco se sabe muy bien el porqué se venden a intermediarios que, luego, falsifican su permiso para la exportación acabando por llegar hasta China.

Una quinta parte de todo cuanto se produce en este planeta Tierra se fabrica en China. Pero para que esto suceda se necesita materia prima de todo tipo y calidad. Y así, burlando cualquier clase de control, escondidos entre los 700.000 “containers” que, cada año, parten con destino hacia el “Sol levante”, la basura italiana llega a los puertos de China, como aquel de Tianjin, cerca de Pekín, en esta especie de plaza y mercado al aire libre, donde los compradores adquieren la mercancía con el solo preliminar de echar un vistazo por encima, reconociendo, en apenas unos minutos, su procedencia. Tanto, dicen estos comerciantes chinos, la basura italiana es la peor, la más tóxica, la más depauperada y peligrosa. A todo este material se le somete a un rápido lavado, mezclando toda clase de plásticos, se le tritura y una vez transformado en materia prima se vende. Los desperdicios con más peligro de contaminación se tiran en fosas excavadas en la tierra sin tener antes la precaución de destruirles para que pierdan su maléfica toxicidad.

Al estar tan mezclado, cuando el producto bruto se funde es imposible reconocer los componentes de su origen. Si la fusión resultara de baja calidad se emplea para la fabricación de objetos baratos, entre ellos juguetes. Así que cuando en Madrid o en Roma, por ejemplo, compramos un peluche charlatán por cinco euros, un paraguas por uno o dos euros, un candado por 0,65 o un bolígrafo por 0,20, en realidad podemos estar adquiriendo toxinas farmacológicas, pesticidas, alquitranes, hidrocarburos decadentes que, con el solo y simple contacto con las manos ya pueden contagiarnos, porque hasta los residuos hospitalarios, contaminados con bacterias y virus, que han sobrevivido a todo este proceso de transformación, también se les tritura, se les mezcla y ¡arre! se convierten en materia prima.

Es verdad que en China existen leyes muy férreas contra la importación de basuras, pero existe mucha dejadez en los controles debida a la corrupción de vigilantes y comerciantes. Que es la forma más fácil, también, para hacer pasar toneladas tras toneladas de desperdicios electrónicos.

Los ordenadores usados se pueden vender a muy buen precio. Casi todos ellos acaban en Guiyú, en el sur de China, el más grande almacenamiento del mundo de material electrónico reciclable. En esta pequeña comunidad ciudadana, lo de pequeña sirve sólo para China, viven 150.000 personas, de las cuales el 80% se dedica a esta clase de menester: reciclar los desperdicios electrónicos. Un trabajo que hacen al aire libre, en las aceras de las calles, en garajes, en talleres improvisados, sin la más mínima protección personal. Los circuitos eléctricos se cortan con sierras circulares y el polvo que se desprende de esta operación vuela y contamina todo, el ambiente y las personas.

En un terreno no contaminado la concentración de plomo no debe pasar de 30mg/kl, pero en Guiyú se han extraído muestras que indican una contaminación de entre 30.000 y 76.000 veces más. El 82% de los niños de esta población manifiesta serios problemas en las vías respiratorias debido a que la concentración de plomo en su sangre es excesiva. El plomo, ya se sabe, es uno de los metales pesados que más se utiliza en la fabricación de artículos “hi-teach” y tiene un gran impacto sobre el sistema nervioso y el reproductivo. Los expertos fijan en 100, en los adultos, el límite máximo de concentración de plomo en la sangre. Los niños de Guiyú la tienen de 149.

De los circuitos electrónicos se recuperan los metales preciosos, se calientan y se bañan, en una mezcla de ácidos, hasta la temperatura de ebullición. El agua, impregnada de estos ácidos, se tira directamente a la tierra y acaba en los canales de irrigación. Y así Guiyú ha conseguido colocarse en el puesto nada envidiable de segundo lugar más contaminado del mundo. El agua contaminada, que corre por decenas de kilómetros, es la misma que se emplea para la higiene personal, pero también para cocinar y para regar los campos donde se cultivan productos que luego se exportan a los mercados extranjeros. Así que cuando compramos un bote de vidrio de sabrosísimos espárragos, confeccionados en China, nos disponemos a chuperretear los componentes del ordenador que habíamos tirado a la basura un par, o menos, de dos años atrás. Pero lo triste es que no existe alternativa a Guiyú, si no ¿cómo y dónde se podrían reciclar un millón de toneladas anuales de desperdicios electrónicos?

En muchos aeropuertos de esta zona de China existen grandes cartelones que exhiben la publicidad de los juguetes “made en la República Popular”. Cabe preguntarnos ¿de dónde procede el plástico del juguete que hemos comprado para los pequeños, hijos o nietos, que después se llevan a la boca? ¿De una basura de quirófano hospitalario? ¿De un pesticida? ¿De un hidrocarburo? ¿De un aceite derivado de un alquitrán natural? ¿De un metilbenceno como el tolueno? Porque esa es otra, los dos últimos mencionados son aceites que se emplean en obras públicas, como las componentes viarias del ferrocarril y que no entran en la producción y manifactura de ningún tipo de objeto de uso común, ni tiene nada que ver con la juguetería. Pero como se conserva en bidones que se impregnan de este material y estos contenedores sí son objeto de reciclaje, pues resulta que las gafas que compramos en los chinos nos irritan los ojos y los dinosaurios y bestias similares de materia viscosa, las espadas de samurái, los peluches y las Barbies, contienen derivados de alquitrán natural y metilbenceno. El día menos pensado, lo mismo que ha pasado con las gulas japonesas, que parecen inocuas para la salud aunque sean burdas y tramposas imitaciones de las angulas de Aguinaga, sucederá que, creyendo que saboreamos un jamón de jabugo o un lomo ibérico o un pata negra, estaremos masticando, lujuriosamente, un riquísimo trozo de venda ensangrentada, procedente de cualquier hospital de nuestro ilusorio paraíso occidental, condimentada con la salsa de un metilbenceno. Nosotros perteneceremos a otra etnia, pero nos están engañando como chinos.

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