Nº 771 -  23 / V / 2012 
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Crónicas liberales

20N-15M = Peligro

Manuel Martín Ferrand
 

“Cuando se prevén los peligros – escribía en El Príncipe Nicolás de Maquiavelo –, pronto se conjuran; pero si se les deja crecer, son irremediables”. Nuestra desgracia colectiva reside en que aquí la previsión es algo tan exótico como el ukelele y tendemos a recelar de ella más aún que del peligro mismo.

Todas las encuestas publicadas este fin de semana coinciden, escaño arriba o abajo, en afirmar la mayoría absoluta del PP cuando, el 20N, se cuenten los votos que, en el Congreso y en el Senado, marcarán el signo de una nueva legislatura en la que, con Mariano Rajoy como presidente del Gobierno, España tendrá que derrochar esfuerzo e imaginación para salir del pozo al que la condujo la irresponsable incapacidad de José Luis Rodríguez Zapatero y sus sucesivos equipos ministeriales y ministerialas.

Supongo que, si Rajoy no quiere competir con Zapatero en insolvencia, en los cuarteles de la gaviota ya estarán trazados los planes que marcarán el rumbo de la Nación en los primeros meses de la nueva etapa. ¿Estará también previsto el que se sintetiza en la ecuación que encabeza esta columna?

El 20N es la fecha clave para que los españoles, colectiva y democráticamente, le den la boleta a Zapatero, el líder que quiso reescribir la Historia de España y, a mayor gloria de su abuelo, luchó denodadamente para ensanchar la brecha, ya casi cerrada, que separa las dos Españas. En tan delicada y egocéntrica tarea, merecedora de atención médica, a Zapatero se le fue el santo al cielo y le sobrevinieron cinco millones de parados mientras Pedro Solbes miraba al infinito y Elena Salgado, siempre impecable en su aspecto, tocaba la lira sin mirar a ninguna parte.

El resultado está a la vista. Hemos pasado de estar a punto de ingresar en el G-8 a ser “invitados permanentes” en el G-20 y lucir el poco honroso título de la Nación con más paro de Europa. Además, como en un gigantesco corte de manga a la ciudadanía, el PSOE tomó la decisión de que fuese Alfredo Pérez Rubalcaba su candidato a la presidencia del Gobierno en estos próximos comicios.

Quien fue, primero, portavoz socialista en el Congreso y, después, vicepresidente del Gobierno – la cara en la que se sostiene la cruz del zapaterismo –, el coautor del desaguisado, es, según la sabiduría socialista, el hombre adecuado para remediar una crisis que contribuyó a construir. ¿Qué ocurre en el PSOE, en donde parece haberse instalado el desvarío?

Los resultados del 20N, mejores o peores, serán los buenos porque, aunque el sistema electoral que padecemos no sea el idóneo, serán los que expresen la voluntad popular. A partir de ellos debe comenzar una etapa de reconstrucción nacional; pero, ¡cuidado!, el 15M está al acecho.

Al calor de las elecciones municipales y autonómicas del pasado mes de mayo brotaron los “indignados”, un grupo impreciso, con más bulto que claridad, que se decía representante de los parados en particular y, en general, de las muchas personas perjudicadas por la situación. No está nada claro quién los empuja y anima, pero son muchos, del PSOE a IU, quienes quieren liderar el movimiento para engrandecer su presencia decisoria en la vida nacional.

Si a la potencia democrática que, previsiblemente, alcanzará el PP el 20N se le resta la fantasmagoría del 15M, tendremos un mapa irreal de la sociedad española y de su voluntad política. En democracia no existen nada más que los votos que se depositan en las urnas, se cuentan ordenadamente y merecen la certificación correspondiente. Los “representantes” autotitulados como tales y sin el respaldo de un censo y un recuento son, sencillamente, alborotadores.

Ahí, en ese capitulo del alboroto, puede haber todo tipo de familias, desde los bien intencionados a los infiltrados por intereses ocultos pasando por quienes aprovechan cualquier circunstancia para salir a la calle con la voluntad de expropiársela a los ciudadanos responsables y amantes del orden.

Toda precaución frente a los “indignados”, sean cuales fueren sus colores, que pretenderán sacar tajada de la nueva situación, será escasa. La España que comenzará a cimentarse cuando se cierren las urnas del 20N exige orden y concierto y debe ser incompatible con quienes, sin representación explícita alguna, dicen ser más auténticamente demócratas que quienes, en ejercicio de sus derechos, acuden a las urnas y depositan su voto. Aunque sea en blanco. No votar es un derecho, pero no confiere ninguna representación.

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