Un viejo aforismo, de cuando se llevaban la buena educación y las maneras corteses, aseguraba que “en la mesa y en el juego se conoce al caballero”. Supongo que el concepto que ello encierra no es trasladable al tiempo presente y, menos todavía, en una campaña electoral. En Sevilla, en Dos Hermanas más concretamente, el PSOE ha hecho gala, a mayor gloria de Alfredo Pérez Rubalcaba, de una grosera zafiedad impropia de un partido político con afán de liderazgo nacional.
Eso de que en política “vale todo” no es admisible como licencia para líderes. Ni del presente ni del pasado. Felipe González y Alfonso Guerra, de quienes dicen que no se hablaban desde hace años, aparecieron en el escenario para socorrer a su antiguo compañero en el Consejo de Ministros, Rubalcaba, y contra toda prudencia utilizaron a ETA como argumento de campaña.
Como si el Estado español, antes y después del felipismo, no hubiera perseguido a la banda terrorista durante más de medio siglo y con cerca de un millar de víctimas, el ex presidente Guerra se permitió decir que “Rubalcaba ha acabado con ETA”. Algo que no es verdad ni en el sujeto, ni en el verbo, ni en el predicado. Una falacia más de las que corresponden a su estilo, más obediente cuando trabajaba al frente de la Comisión Constitucional del Congreso, que gracioso cuando se trata de perpetuar en el poder a un partido que, como el PSOE, ha hecho muy poco a favor de la Nación desde que lo fundara Pablo Iglesias.
Era un pacto entre partidos, algo con buen sentido y mejor categoría ética, no utilizar a ETA en la campaña; pero Rubalcaba, González y Guerra tuvieron la desvergüenza de afirmar que “algunos hicimos más que otros por acabar con ETA”. ¿Se referían quizás al terrorismo de Estado que animaron con el GAL y otras chapuzas del gonzalato?
El pueblo español, especialmente en lo que a la política se refiere, suele mostrar la cortesía de la desmemoria y tiende a evitar mentar la soga en casa del ahorcado; pero, con gran desfachatez, González y Guerra al colocarle a su pupilo Rubalcaba la máxima medalla en la lucha contra los etarras, sacaron a pasear los viejos fantasmas a los que ellos daban de comer y por los que pagaron José Barrionuevo, Rafael Vera y otras cuantas cabezas de turco.
En la cabecera de cartel de este obsceno espectáculo que comento figuraba también el dos veces ministro con González y ahora presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán. El hombre que ha castigado a sus votantes, para poder seguir al frente del machito, a prolongar en unos cuantos meses el sufrimiento del pueblo andaluz – ¡más del 30 por ciento de paro sobre la población activa! – por no querer la coincidencia entre las próximas elecciones legislativas y las autonómicas.
Aquí nunca pasa nada. Las tragaderas hispanas son inmensas. Pero un retroceso al pasado para encontrar algún mérito que Rubalcaba no ha podido cosechar en el presente, como portavoz en el Congreso y vicepresidente del Gobierno, es algo más que una inmersión anacrónica. Con la apropiación indebida de una supuesta victoria sobre ETA y, como para tapar la realidad que preside José Luis Rodríguez Zapatero, con la presencia protagónica y altanera de González y Guerra, Rubalcaba se presenta como una provocación, un recordatorio de la corrupción económica y la ausencia ética que marcaron nuestra peripecia nacional desde 1982 a 1996.