Nº 1603 -  2 / IX / 2014 
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OPINIÓN

Desde Colombia y Nigeria, Terrorismo y Estado

José Javaloyes
 

Pasado el sofocón del referéndum griego sobre los términos del ya convenido rescate que salve al país de la quiebra, además de la llegada del socorro de 8.000 millones de euros que permita al Estado heleno hacer frente de inmediato a los pagos que ya no pueden esperar – asunto del que quiere hacer leñas electorales en la campaña española Izquierda Unida, viendo que Yorgos Papandreu se lo había puesto frente a la economía libre  como se las ponían a Fernando VII -, llegaba informativamente este fin de semana bien cargado de novedades electorales en los distintos frentes del terrorismo.

La más potente de todas para el mundo hispánico ha sido, en Colombia, la localización y muerte de Alfonso Cano, el último de los prebostes de las Farc que, desde los tiempos de la extinguida presidencia de Álvaro Uribe, se incorpora a la nómina de los pasaportados por el Ejército de su país.  Lo que tiene su origen en el cambio político de la estrategia militar aplicada a combatir a las narco-bandas del residual sovietismo suramericano. Iniciado con el llamado Bogotazo (1948), al comenzar la Guerra Fría.

Y por África, donde el yihadismo mantiene a cuatro españoles como rehenes, dos de ellos en el Sahel y otros dos en Somalia, una variante de este terrorismo islámico implantada en Nigeria, la secta Boko Haram, se ha responsabilizado de al menos 150 muertes y de más de 300 heridos tras varios ataques suicidas y ataques a Iglesias y dependencias militares y policiales. Nigeria, el Estado africano más poblado, se configura para el medio plazo como un importante escenario para el terrorismo mahometano, con un riesgo potencial de amplia magnitud por todo cuanto amenaza con ataques más generalizados del radicalismo musulmán, conectado con Al Qaeda en las regiones y contra etnias de significativa presencia cristiana. Choques, en fin, capaces de recrear muchos de los términos de la guerra de Biafra, desencadenada en los años 60 (1967-1970) contra los ibos, de mayoritaria confesión evangélica, que se rebelaron con propósito de secesión por las pretericiones a que les sometían los mayorías musulmanas.Anotado esto y volviendo al proceso de violencia en Colombia, tras de este paréntesis con la vecina África, el acuerdo de Uribe con Estados Unidos sobre las bases militares, parece estar en la propia raíz de la sobrevenida suficiencia informativa de que dispone ahora el Ejército de aquella nación, en su pulso más que semisecular con la narco-guerrilla comunista. De forma que si el anterior presidente pudo apuntarse la eliminación en suelo ecuatoriano de Raúl Reyes, encargado de las relaciones internacionales de las Farc (a quien el tal Marulanda, jefe histórico de éstas, tenía designado “in pectore” como sucesor), cuando el actual jefe del Estado era ministro de Defensa, después del cambio presidencial sigue la racha de descabezamientos de la guerrilla.

El llamado Mono Jojoy que había tomado la capitanía tras la muerte de Raúl Reyes fue cazado también, como “Cano”, en una operación combinada de comandos y helicópteros artillados. Ahora, con la eliminación de éste – que el presidente Juan Manuel Santos califica de “hecho histórico”-, las Farc vuelven a estar de nuevo descabezadas y compelidas a la desmovilización voluntaria “o en una cárcel o en la tumba”.

Tiene la narco-guerrilla de las Farc un fleco bien significativo por lo que se refiere a España, dado la probada presencia de terroristas etarras, para actividades de instrucción en el manejo de explosivos, por las selvas colombianas; actividades confirmadas en los archivos informáticos de Raúl Reyes. Conforme datos que ahora se ampliarán con los ordenadores y otros materiales que han sido encontrados en el último de campamentos del eliminado Alfonso Cano.

En esta cuestión, a la vista de las palabras del presidente colombiano dirigidas ahora a los componentes de las Farc, se entrecruza el debate que quiere abrir la izquierda abertzale desde y sobre la declaración etarra de que renuncian a sus actividades, bien que sin entregar pistolas y materiales para la práctica del terrorismo. Emplaza Otegui al PP y al PSOE, como han podido leer en estas páginas nuestros lectores, a reconocer el derecho de autodeterminación como respuesta al referido comunicado de ETA, además de previas concesiones en política penitenciaria.

Visto el “contexto colombiano”, cabe considerar que si callan para siempre las pistolas terroristas y  pide la izquierda abertzale que sean reconocidos como nación, lo que hacen realmente es proponer el trueque de la derrota policial por una victoria política contra el Estado. Están locos e insultan la memoria de sus víctimas.

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