Nº 1602 -  1 / IX / 2014 
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OPINIÓN

La bestia humana

Javier Pérez Pellón
 

Los aficionados al cine, aquellos de mi generación, entre ellos yo mismo, a quienes nos gustaba la pantalla en blanco y negro, la sugestión imprecisa, con un tanto de misterio y de temor ante las luces y las sombras que discurrían ante nosotros como si fueran parte de un sueño, – por esa misma razón que, como nos confirma la escuela del psicoanálisis, el hombre sueña siempre en blanco y negro – , o del ensueño que vivíamos ensimismados, pegados materialmente a la butaca en la semioscuridad de la sala, recordará, sin duda, “La bestia humana”, un film de Jean Renoir, rodado en 1938 y protagonizada por Jean Gabin. Basada en la novela de Émile Zola, publicada en 1890, su transposición al cine nos viene a explicar que las inexorables e inhumanas leyes que rigen nuestro mecanizado mundo no dejan espacio para el sentimentalismo e impiden que sean, por mucho tiempo, apenas un breve y sentido adiós. La bestia despiadada del tiempo y del progreso no se detiene por nada ni por nadie.

Por curiosidad recordamos que un “remarke” del film de Renoir fue realizado por Fritz Lang, en el Hollywood de 1954, también en blanco y negro, con el título de “Human desire”, y que tuvo, como principales intérpretes a Glenn Ford, Gloria Grahame y Broderick Crawford.

Todo esto me ha venido a la memoria después de contemplar las horrendas y despreciables imágenes de un Gheddafi, sodomizado y asesinado brutalmene por la bestia humana, esa que, impulsada por los más bajos instintos, deshumaniza, precisamente, al hombre y que, si como dice un proverbio turco “toda desgracia es una lección”, ésta que hemos contemplado en la TV, confirma mi opinión que la cobardía de los ejecutores supera, con mucho, a la crueldad del ejecutado.

Es verdad que, como escribiera Chamfort, “la única historia digna de atención es la de los pueblos libres”, pero no es menos cierto que quien crea, después de lo visto, que el pueblo libio, deshaciéndose de Gheddafi, será un pueblo libre, pues va listo. El futuro está a la vuelta de la esquina. Lo más probable será el resurgir de luchas tribales, la contienda sempiterna entre la Cirenaica y la Tripolitana, las dos grandes regiones en que se divide el país.

A los depredadores, los Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia… y sus colaboradores de menor cuantía, como los aviones de la Chacón, amparados, cobardemente, por el paraguas de la OTAN, lo sabe hasta el más tonto del pueblo, les importa un pito el futuro destino de la Cirenaica y la Tripolitania, junto al de todos sus habitantes dentro, sean descamisados insurrectos o bereberes del desierto. Sólo les ha llevado a Libia lo que el desierto guarda en sus entrañas y a los derechos humanos que les den por ahí. Durante un tiempo les entretendrán hablándoles de democracia, les darán la carnaza de alguna limosna en forma de alimentos y medicinas pasadas las fechas de su caducidad, reconstruirán parte de su destrozado país que enriquecerán a los empresarios occidentales y les engañarán, de la mejor forma posible, para robarles las riquezas minerales de su subsuelo, gas y petróleo. Aquí paz y después gloria, hasta la aparición de un nuevo y visionario Gheddafi que despierte su nacionalismo perdido. Y vuelta a empezar.

Visto lo visto y con la experiencia de Afganistán y similares vergonzantes invasiones de pueblos ajenos a los territorios de Occidente, los unos para mantener la industria militar y experimentar nuevos armamentos, como los Estados Unidos, y otros llevados por la gilipollez de su servidumbre al Imperio ¡y de tan dramático coste! como la gratuita aportación española a la destrucción de aquel país asiático.

Llegados a este punto cabe preguntarnos el porqué los depredadores occidentales no se deshacen de su hipócrita máscara humanitaria y siguen llamándose fuerzas integrantes de la OTAN, el tratado del Atlántico Norte, fundada para contrarrestar el Pacto de Varsovia, – y defender los intereses occidentales ante un hipotético ataque del poder comunista liderado por la Unión Soviética – , desde el momento que ya no existe ni el Pacto de Varsovia y que La Unión Soviética comenzó a desmoronarse con los ladrillos dispersos del Muro de Berlín y que un pacto fundado para detener al “imperio del mal” que procedía del norte está atacando el fundamentalismo musulmán que ahínca sus raíces en el sur.

Los “medio cucharas” que desgobiernan hoy el mundo y que, de haberles conocido, así les hubiera motejado Oswald Spengler, están convirtiendo el planeta Tierra en un montón de excrementos y sembrando sus campos y ciudades del estiércol de cientos de millones de cadáveres en descomposición.

El 2 de diciembre de 1979 “Il Corriere della Sera” publicaba la entrevista que Oriana Fallaci había hecho al Coronel Muaammar Gheddafi. Releer algún párrafo hoy, a más de cuarenta años de distancia, ayuda a comprender al hombre al que el destino ha deparado tan dramático fin, pero que tuvo en jaque a la Unión Soviética, a los Estados Unidos y al Occidente.

¿Maliciosa picardía beduina o un fantástico sentido de la diplomacia? Veamos.

Oriana.- Coronel, visto que no se considera un dictador, ni siquiera un presidente, ni tampoco un ministro, explíqueme ¿qué cargo tiene? ¿Qué es?

Gheddafi.- Soy el líder de la revolución ¡Ah como se ve que no ha leído mi Libro Verde!

O.- Sí, lo he leído. No requiere mucho tiempo. Al máximo un cuarto de hora. Mi polvera es más grande que su Libro Verde.

G.- Usted habla como Sadat. El dice que cabe en la palma de su mano.

O.- ¿Cuánto tiempo ha empleado en escribirlo?

G.- Muchos años. Antes de encontrar la solución definitiva he tenido que meditar mucho sobre la historia de la humanidad, sobre los conflictos del pasado y del presente.

O.- ¿De verdad? ¿Y cómo ha llegado a la conclusión de que la democracia es un sistema dictatorial, el Parlamento una impostura, las elecciones un embrollo? Hay cosas que no comprendo, que no me cuadran en ese libreto.

G.- Porque no lo ha estudiado bien, no ha tratado de comprender que es la Jamahiriya. Debería pasar una temporada en Libia y estudiar un País donde no hay gobierno, ni Parlamento, ni representación, ni huelgas y todo es Jamahiriya.

O.- ¿Qué es lo que quiere decir?

G.- El mando del pueblo, congreso del pueblo. Usted es una ignorante.

O.- ¿Y la oposición dónde está?

G.- ¿Qué oposición? ¿Qué es eso de la oposición? Cuando todos forman parte del congreso del pueblo ¿qué necesidad hay de oposición? ¿Oposición a qué cosa? ¡La oposición se hace dentro del gobierno! Si el gobierno desaparece y el pueblo gobierna por si solo ¿a quién debe oponerse? ¿A aquello que no existe?

¿Maliciosa y pícara reflexión de la realidad meditada bajo la tienda de un beduino del desierto? ¿Fantástico sentido de la diplomacia?

¿Cuántas Jamahiriyas se esconden detrás de muchos “gobiernos democráticos” de nuestro decadente Occidente?

Decía Cicerón que “quieén no conoce la historia toda su vida será un niño”.

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