Tiene razón Sarkozy frente a Cameron

Mientras llega el miércoles de las conclusiones sobre las respuestas europeas a la crisis económica y sus implicaciones sobre el curso del Euro, conviene detenerse en lo sucedido este fin de semana, por la Cumbre de la Unión, entre el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, y el primer ministro británico David Cameron. Insistió éste en reiterar sus propios puntos de vista sobre qué era lo más oportuno para el Euro ante las consecuencias sistémicas del problema griego, al sentirse legitimado por el hecho de que las vicisitudes del euro repercuten no sólo en las economías de los comunitarios integrantes de la Eurozona sino también en la de los restantes miembros de la Unión.

Para el presidente francés la insistencia del gobernante británico fue excesiva, rayana casi en la impertinencia. Ese puntualísimo debate tiene bases objetivas, identificables por ello mismo; fundamentos que alcanzan, históricamente, con el pleito anglo-francés de los tiempos en que el general De Gaulle vetó en una primera ocasión el acceso del Reino Unido al Mercado Común, desde la aprensión de que la gravitación última de lo británico era menos pro-europea que sintónica con Estados Unidos. Una opinión del General que brotaba de su propia crónica personalísima durante su estancia en Londres en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

Pero no es tal la referencia más significativa a la hora de explicar el roce dialéctico entre Sarkozy y Cameron. Lo más importante es el anclaje de esta discusión corresponde a la política presente y no a la política pasada en qué consiste la Historia, según una acendrada interpretación británica de ésta. Y tal anclaje del problema radica en el hecho de que Londres, en su momento, optó por quedar al margen de la Eurozona, es decir, al no suscribir ni apostar por la aventura del Euro, con todo lo mucho que de esencial tiene esta apuesta para la institucionalización del proyecto europeo, en su globalidad y para su entera ambición.

Estar en el euro es una clase de compromiso avanzado para la construcción de Europa, puesto que implica riesgos que no afectan por igual a quienes están que a quienes no están dentro de la Eurozona. El compromiso monetario es más que monetario. Es más incluso que convencionalmente político… Pues ocurre que en términos prácticos la pertenencia a la Eurozona implica más aportación/renuncia de soberanía que lo solamente aportado con el solo pacto de ingreso en la Unión Europea.

Esa diferencia entre estar y no estar en la Eurozona se acentuará, por ejemplo, con el avance del proceso de constitucionalización de los principios de estabilidad presupuestaria. Si se está, como es ahora el caso, en la procesión de los euro-partícipes mientras cunden los avatares de la crisis, se dispone de facultades para hacer y decir de las que no dispone el Gobierno británico ni los de los demás componentes del euro-grupo que no suscribieron la integración monetaria. Los primeros tienen, entre otras atribuciones, mayor capacidad y legitimidad de interlocución. No hay vela que valga sin palo que la sostenga.

Tiene razón Sarkozy frente a Cameron. Ante el hecho de que los avatares del Euro repercuten básicamente por igual en todos los países miembros de la Unión Europea, estén o no estén en la Eurozona, se impone la consideración de que son los integrantes de esta Eurozona quienes disponen de un derecho de cualificada preferencia para opinar y también para decidir. No sólo es cuestión de estar sin más, sino también de haber apostado cuando pasó ese tren. Los británicos, aunque en su día estuvieron incursos como los demás en la posibilidad de hacerlo, no apostaron por el Euro. Ahora, además de carecer de voto en el presente debate, sólo disponen de voz disminuida. Sarkozy se lo ha recordado a Cameron.