Nº 1593 -  23 / VIII / 2014 
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Lugar de la vida

¿Por qué decimos Naturaleza cuando queremos decir Tierra?

Mónica Fernández-Aceytuno
 

No tengo nada clara la definición de Naturaleza. Que los terremotos en El Hierro y su volcán submarino, tengan que ver con ella.

Siempre se ha aludido a la fuerza de la Naturaleza, y sin embargo yo percibo en todo lo que vive una fuerza más sutil, pero no menos poderosa, por constante, que es a lo que yo verdaderamente me refiero cuando hablo de la Naturaleza, igual que cuando hablo de Literatura no me estoy refiriendo al papel, sino a aquello que se ha querido decir en letras de molde.

La vida, está también queriendo decir continuamente cosas; la Tierra, sin embargo, me parece una iletrada, un pedrusco que no evoluciona, que sigue siendo igual de burda que al principio de los tiempos, con sus erupciones, terremotos, maremotos, tornados, lluvias torrenciales y que solo ha conseguido dulcificarse, allí donde arraigó la vida, que es en casi todas partes, pero en una capa muy fina que, científicamente, llamamos Biosfera. Comparada con lo grande que es la Tierra, la Biosfera es poca cosa, y además, vive por turnos de especies que se suceden en el Tiempo porque para cada una de ellas, así como para cualquiera de sus individuos, el Tiempo es finito.

La Naturaleza y todas sus especies pueden morir, incluso extinguirse, porque poseen la vida; pero no la Tierra, que lo más que puede llegar a hacer, es desaparecer.

Cuando hablan de que la Tierra es un ser vivo, a mí jamás me lo ha parecido, siempre la he visto como un soporte; y, a la vida, como un empeño admirable y a la vez incomprensible de querer siempre agarrarse a la Tierra como si le horrorizara el vacío del Universo.

Y a sabiendas de que las semillas volverán a prender en la tierra, han comenzado a arar los tractores para sembrar el trigo de primera, porque suele hacerse la vida con todo lo que se está quieto, aunque sea un madero a la deriva en el océano donde, al darle la vuelta, como si fuera una ballena, está cubierto de balanos.

Es ese empeño en posarse, ese horror al vacío de la Naturaleza, que es todo menos minimalismo, lo que la salva, su variedad infinita y su excelencia en todas sus formas. La Tierra, aún siendo maravillosa no tiene ni un ápice de arte en ella, sus fracturas son geométricas, frente a los ondas de las alas y las aletas y el ADN. Hace ruidos pero no canta como el mirlo cuando atardece. Tiene colores de fuego y azul de mar, pero ninguno centellea como el lomo de una caballa ni fosforece en la noche como una luciérnaga.

Lo fascinante de la Naturaleza no es la Tierra, es la vida sobre ella, y en cualquier lugar donde se posara, quién sabe si ese lugar ya existe aunque no sepamos de él hasta dentro de mil años; aun siendo ese lugar el más inhóspito y feo lugar del Universo, se transformaría en un paraíso con que cayera la vida sobre él como una mariposa vulcana sobre una roca.

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