Nº 1601 -  31 / VIII / 2014 
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OPINIÓN

Libia: intriga y equívoco

Alberto Piris
 

Nuestro Diccionario de la lengua española define la palabra “vodevil” como una comedia cuyo argumento “está basado en la intriga y el equívoco”. Los recientes acontecimientos en Libia podrían considerarse como un final vodevilesco a la dictadura de Gadafi si no fuera porque ésta en sí misma ha tenido más trazas de tragedia que de vodevil para el pueblo libio, durante los cuatro decenios largos que le ha gobernado, gracias también a los ojos benevolentes con los que fue observada desde el exterior y a las pruebas de amistad que el hoy perseguido y denostado tirano recibió de muchos dirigentes europeos, de sobra conocidos.

Intriga y equívoco son los aspectos que rodean estos días a la figura del dictador en fuga, a quienes unos suponen recorriendo el desierto en una caravana de vehículos que transportan también las reservas del banco nacional, en busca de un país seguro que le acoja como refugiado, y de quien otros aseguran estar preparando nuevos recursos bélicos, capaces de derrotar nada menos que a todo el poder militar de la OTAN.

Si por un lado las recientes alocuciones de Gadafi a su pueblo pueden ser consideradas como los últimos disparos de una posición asediada justo antes de izar bandera blanca, por otra parte las responsabilidades del Consejo Nacional de Transición (CNT) parecen desbordadas por los múltiples problemas que ha de afrontar y que crecen al paso de las horas. Mientras tanto, la OTAN sigue atacando lo que define como “centros de mando”, aunque probablemente ya no tengan mucho que mandar.

En diversas instalaciones militares en torno a la recién ocupada Trípoli, se han descubierto ingentes cantidades de armamento y munición sin ningún tipo de custodia, que están a disposición del primero que llegue. Un miembro de Human Rights Watch asegura haber encontrado 100.000 minas contracarro y contrapersonal en un local abandonado; ocultos entre árboles frutales halló también numerosos zulos con armas listas para su utilización. Es evidente que en una situación de posguerra civil el descontrol del armamento puede complicar mucho el proceso de pacificación.

Por otro lado, al CNT le cuesta actuar como un Gobierno homogéneo y eficaz, dada su fragmentación, fruto de las circunstancias en que se creó y ha ido evolucionando. En su seno los especialistas identifican, al menos, tres tendencias dispares. La primera corresponde a los rebeldes de la primera época, los “orientales”, que se concentraron en torno a Bengasi, gentes de clase media y con cierto nivel cultural. Se incorporaron después al CNT los representantes de los territorios centrales del país, que son los que más sufrieron los rigores de la guerra y los daños “colaterales” de los bombardeos de la OTAN. Y el tercer grupo, en su mayoría enraizados en la zona occidental, son las tribus de la montaña, que se alzaron en armas con vistas a una rápida ocupación de la capital libia, cosa que al fin lograron y ahora les proporciona un prestigio añadido.

Sobre esto hay que superponer el carácter tribal de la sociedad libia, donde las numerosas tribus y clanes que pugnan por la hegemonía buscan una mayor participación en lo que surja en Libia tras la caída de Gadafi y la desaparición de las estructuras dictatoriales. Si es que pueden llamarse “estructuras”, claro está, porque eliminado el dictador en el que se sustentaba todo el poder político, apenas queda nada que pueda reconstruirse como órgano de un futuro Gobierno.

A los tres grupos antes citados hay que sumar los numerosos exiliados que han ido retornando a Libia en las últimas semanas, con objetivos no siempre coincidentes con los del CNT y además dispares entre ellos mismos. Esto, sin olvidar la creciente actividad de grupos islamistas, principalmente en la zona oriental, a los que Gadafi había mantenido bajo un férreo control y que, aliados ahora con la OTAN, se encuentran paradójicamente luchando en el mismo bando que EEUU, país al que algunos de ellos habían combatido ya con dureza en Iraq.

Así que si los rebeldes de Bengasi se ven como los padres fundadores de la nueva Libia, los de occidente -árabes y bereberes en su mayoría- se consideran los héroes de la guerra, capaces de romper el cordón umbilical que unía a Gadafi con Túnez y Argelia. Llega el momento de saldar cuentas entre todos ellos y, aunque los días de Gadafi están contados, éste sabrá aprovechar las diversas líneas de fragmentación que dividen a sus enemigos y lograr así que la inevitable posguerra presente con toda seguridad mayores problemas que los que la guerra civil parece haber resuelto. Con la diferencia de que estos nuevos problemas no podrán solucionarse desde fuera y, menos aún, mediante los bombardeos de la OTAN. La ONU y Europa habrán de jugar un importante papel aunque, en estos momentos, no parezcan poseer ni la voluntad ni los recursos para estar a la altura de las circunstancias.

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