Nº 1473 -  25 / IV / 2014 
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OPINIÓN

Aguas mayores en la educación

Daniel Martín
 

Aparte de preparar una asignatura, dar clases, conocer bien y entregarse al alumno, las labores de un profesor van más allá de lo que se suele pensar. Aparte de lo meramente lectivo, un profesor tiene que currarse innumerables documentos administrativos –programaciones, unidades didácticas, expedientes, calificaciones, etc.– si pretende que le dejen en paz la dirección del centro escolar y los inspectores de su respectiva comunidad autónoma –por no hablar del esfuerzo destinado a soportar a progenitores sobreprotectores, a menudo enfrentados a los docentes–. Si a esto unimos el tiempo que un buen profesor debe dedicar a la corrección de exámenes y de trabajos, resulta que se ocupa más de lo “demás” que del mero hecho de dar clases.

La convocatoria a huelga realizada en Madrid no se debe únicamente a que los profesores vayan a dar 20 horas lectivas en lugar de 18. Esa es tan solo la punta del iceberg, el detalle más llamativo sobre el que inciden Comunidad y sindicatos porque no tienen ni idea de qué va el tema. Los profesores están hartos de tener numerosas obligaciones que les quitan enorme cantidad de tiempo que podría dedicarse a mejores menesteres, en especial atender a las necesidades propias de cada alumno.

La calidad de la educación española es pésima. Nadie lo ignora, ni siquiera sus más ignorantes frutos. Se suele insistir en el fracaso escolar, superior al 30%, o en los bajos puestos que ocupamos a nivel mundial. Lo realmente revelador y preocupante de nuestro sistema son los paupérrimos conocimientos que posee cualquier universitario medio. Nuestro sistema no sólo fracasa a la hora de construir una élite, sino que es incapaz de preparar mínimamente a los futuros ciudadanos. Es pura basura… y la culpa no es del profesorado.

He escrito en muchas ocasiones sobre las principales lacras que afectan a nuestra educación: pésimos planes de estudios, escasa o nula libertad de cátedra, intervencionismo administrativo, eliminación del rigor y la excelencia, uniformización por abajo, etc. Pero el principal problema, como ocurre con todo lo sociocultural, es la escasa disposición de alumnos, familias y comunidad a considerar el aprendizaje escolar como una condición indispensable para el ser humano y ciudadano. La educación, en España como en Occidente, es considerada como un trámite pesado que hay que convertir en algo accesible y poco “traumático”.

A partir de ahí, ante la indolencia del alumnado apoyada por la insolencia paternal, para el profesor es realmente difícil realizar ningún progreso sin realizar un titánico esfuerzo. A eso se unen las muchísimas trabas administrativas que hay que sortear o cumplimentar. Así, el profesorado está agotado, harto, hastiado. Y esas dos horas lectivas más sólo son la gota que llegan a un vaso rebosante desde hace muchísimo tiempo.

Dicho esto, vuelvo a insistir, como aquí mismo hice en julio, que una huelga de profesores es pura barbarie, pues los principales afectados son los más necesitados, a saber, los propios alumnos. Supongo que deben de haber otras soluciones para hacer frente a los despropósitos que vienen a añadirse al problema desde numerosos gobiernos autonómicos: hay que ahorrar, y se comienza por la educación en lugar de por otras partidas no esenciales y que sólo sirven para dar de comer, beber y viajar a los cercanos al poder.

Los tres grandes cimientos de una auténtica democracia son, a mi entender, Justicia, Sanidad y Educación. Los profesores españoles en 2011 tienen que dedicar más tiempo a pijadas superfluas que a enseñar a sus alumnos. Resulta irónico, revelador y trágico que dos horas más a la semana suponga el punto más llamativo de un conflicto que no va a resolver nada porque las carencias del sistema educativo son mucho más hondas y sustanciales. Pero, como dijo Salvador Monsalud, “los españoles siempre estamos atentos a la guarnición aunque el filete flote sobre una miríada de gusanos”.

dmago2003@yahoo.es

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