Se veía venir, tanta ostentación, tanto abuso de la vida y de las calles de los madrileños, tanto gasto desorbitado, tanta sumisión del poder político –iba a decir democrático, pero mejor no- al poder del Vaticano, y tanta pompa y boato no iban a acabar bien. Y el Demonio, que sabe más por viejo que por Diablo, al final se hizo con el control del aeródromo de Cuatro Vientos de Madrid en la jornada estelar del día y la noche de vigilia y ofreció la imagen lamentable de un Papa atrincherado tras los paraguas, con su discurso sobre el matrimonio convertido en papel mojado, con los jóvenes, primero sedientos y sofocados –cientos de ellos necesitaron de la atención médica-, y luego todos ellos chorreando bajo la tormenta de verano mientras un locutor descerebrado hacía bromas diciendo que si antes faltaba agua ahora sobraba.
Los organizadores del JMJ habían construido un escenario en Cuatro Vientos digno de los métodos de Goebbels –con perdón de Pío XII- de más de 200 metros de largo, y no se les ocurrió a los famosos arquitectos de tan magna obra tener previsto un toldito por si llovía, como sucedió. Un olvido que obligó a dar al mundo entero la imagen de un Papa a la defensiva, despeinado y desconcertado, viendo como su rebaño juvenil pasaba del calor y la sed –no había agua- a la tormenta mientras se hundían los toldos, se producían heridas y la vigilia se convertía en un desastre. Y la culpa principal de todo ello es sin duda del Cardenal Rouco, por su demencial y abusivo programa, y de la curia vaticana –Cañizares incluido- que fue a por todas, se pasó de frenada y provocó una invasión y ocupación de Madrid durante una semana inaceptable en una democracia donde la Casa Real, el Gobierno (al ministro Jaúregui lo deberían hacer obispo), y el PP dieron un ejemplo que no se corresponde con el Estado “aconfesional” que describe la Constitución.
En el pecado se han llevado todos ellos la penitencia, y no queremos quitar mérito a los jóvenes peregrinos que han sido ejemplares, han soportado las inclemencias y se han ido contentos y satisfechos por lo vivido en Madrid, muy a pesar de que las cosas se pudieron y debieron de hacer de otra y más moderada manera. Pero como dijimos en estas páginas “el eclipse de Dios” del que se quejaba Benedicto XVI en uno de sus muchos discursos no es producto del laicismo, la ciencia y las tecnologías, sino de esa Iglesia ostentosa y trasnochada, ajena a la realidad del mundo que vivimos y que sufre, y de esos otros poderes que, como en tiempos pasados, pretenden comprar el cielo o aprovechar la visita del Papa para hacer campaña electoral.