El día aquel de mayo de 2010 en el que Zapatero se quedó –según su propia confesión- una noche sin dormir a la espera de los primeros datos del índice Nikei de la Bolsa de Tokio comprendimos que un niño inocente y aficionado a los videojuegos de la política se había colado en 2004 en el primer despacho de la Moncloa, disfrazado de líder de no se sabe qué y que el país estaba en manos de un extraño llegado de un ignoto planeta llamado zetalandia y al borde del estallido. Porque el tamaño del tsunami económico financiero que venía de Occidente, o desde Wall Street, –mientras el Zapatero miraba hacia el Oriente- era algo más que el último desafío contra los marcianitos de la video consola del pequeño saltamontes de la Moncloa. Y así fue y así nos va.
Ayer domingo el travieso niño monclovita, que sus amigos llaman ZP, se volvió a pasar toda la noche en vela mirando a Tokio –otra vez equivocado porque el tsunami financiero viene siempre de los Estados Unidos-, orientándose para ver como abría en Japón el índice Nikei como preámbulo del Ibex de Madrid, en esta segunda semana negra de agosto donde se teme que España e Italia, ambas dos cogidas de la mano, se hundan en el proceloso mar de la prima de riesgo. Y que, empujados por una ola gigante, suban sus índices hasta el techo de los campanarios, cerca de los niveles (en el entorno del 530) que, en su día, alcanzaron Grecia, Irlanda y Portugal y que obligó a estas naciones a pedir el rescate de sus deudas públicas (y de las privadas) a la UE y al FMI.
El niño de la Moncloa, el jovencito ZP (pariente lejano de Zipi y Zape) está asustado. No duerme y se teme lo peor porque además no tiene un plan B, como nunca tuvo un plan A. Y se asoma al balcón de la Moncloa a ver la Luna menguante y roja –del islam- sobre el horizonte oscuro y caluroso a ver si le llegan señales positivas del país del Sol Naciente, que tampoco está para tirar cohetes y menos aún desde el desastre nuclear de Fukushima del que todavía no se ha repuesto el bravo pueblo japonés.
Y así, mientras Zapatero espera la llegada del nuevo lunes negro su vicepresidenta económica, Elena Salgado, no para de llamar por teléfono como una enamorada que no es correspondida, al presidente del Banco Central Europeo, Trichet, a ver si el BCE, al amanecer español y con fuerte viento de levante o de poniente, da de una vez por todas la orden de compra de deuda pública española e italiana antes que los malvados mercados especuladores se den otro festín a costa y riesgo de España e Italia. Dos países donde la idea del regreso a la peseta y la lira – lo que ya debería de tener estudiado el memo de MAFO en el Banco de España, por si acaso- empieza a ser algo que no conviene descartar por el hecho simple y sencillo de que el malo de la película no es Trichet.
Los malos de este cuento de terror sobre España e Italia son Merkel y Sarkozy, que son los que mueven los hilos de la marioneta del BCE. Trichet está a lo que le digan y le manden desde Berlín y París, y no es un fundamentalista de la inflación o de ciertas teorías macroeconómicas sino simple y llanamente un mandado de Alemania y Francia, que solo se afloja el bolsillo cuando se lo ordenan y no cuando el lo decide, como ya lo deberían saber en Madrid (en Roma seguro que lo saben), pero no se enteran porque los gobernantes españoles –dicho está- son como niños y no personas mayores dotadas de información, experiencia y responsabilidad.
O sea, ZP se pasó la noche del domingo mirando a Tokio, mientras la ola gigante venía de la costa este de Estados Unidos, y la pobre Salgado –que está a punto de echarse a llorar- se ha pasado el día festivo llamando a Trichet que no le coge el teléfono porque el presidente del BCE solo habla con Merkel o Sarkozy. Y ¿quién podría llamar a estos dos mandamases de Berlín y París? Pues como no los llame el Rey, que además sabe idiomas, no vemos quien puede ser. Desde luego todo apunta a que la teutona y el galo ya están un poco hartos de ZP, que les decía que él tenía el “mejor sistema financiero del mundo”. Puede que a lo mejor Trichet, por encargo de Merkel y Sarkozy, a Zapatero, por su reciente cumpleaños, le regalen un triciclo, pero lo de comprar deuda española está por ver por mas que llore y patalee el pequeño ZP.