Lleva la tragedia en el semblante y parece destinado a ser una leyenda del toreo en plena gloria y juventud, como ya es la desaparecida Amy Winehouse, una muñeca rota con una voz prodigiosa y un “soul” estremecedor que murió como se temía de una sobre dosis de casi todo. La Parca de la guadaña está al acecho y empujada por el odio y la mano de Belcebú –como ha ocurrido en Noruega con la matanza de inocentes de la isla Utoya-, o aprovechándose de los “dejados de la mano de Dios”, como se está viendo en la hambruna de Somalia, sigue amasando cadáveres.
Y algunos de ellos exquisitos como el de Amy, y anda tras los pasos de José Tomás, al que intentó llevarse al Jardín de las Delicias con una cornada en Fuencaliente (Méjico) directa a la yugular de Manolete, Paquirri o El Yiyo, pero el “ángel de la guarda” del torero le hizo el quite de los delantales de los cirujanos y el último héroe de los ruedos se salvó.
Otros hay como Murdoch o Strauss Kahn que deambulan por los salones del máximo poder como muertos vivientes, pero despojados ya de todos los honores y oropeles que les han valido, hasta hace muy poco para presentarse por todo el mundo como maestrantes de la cofradía del Gran Poder.
Ídolos con pies de barro, y héroes de carne y hueso como José Tomás que, en su reaparición, y tras un primer ensayo se dejó atropellar en el centro del ruedo valenciano por un tren de mercancías llamado “dulcero” que lo volteó con un furor y una fuerza que el público puesto en pie se temió lo peor. Y dijo entre sueños y mientras era atendido por su cuadrilla el matador: “¿de quien es ese toro?” No sabemos que respondieron los subalternos pero debió ser algo así: “suyo, maestro”. Y ahí empezó la santa misa del toreo a la que había acudido José Tomás vestido de obispo y oro, pero con unas media luna de plata adornando la taleguilla y un corbatín verde chillón que mas que un complemento del traje relucía a contra pelo por si alguien buscaba algo con el que improvisar un torniquete de urgencias, lo que afortunadamente no fue necesario.
El torero, en el quinto de la tarde, regresó a dulcero y en los medios de la plaza volvió a enterrar los pies en la arena para quedarse quieto como la estatua del Tenorio, y se puso el mundo por montera ante la locura de los presentes y entre los rezos de los ausentes, mientras sonaba poderosa la banda valenciana, y en el recuerdo vibraba el pasodoble Francisco Alegre de amores y de temor que al pelo viene a José Tomás: “en los carteles han puesto un nombre, que no lo quiero ni ver..”.
Este hombre, como Amy Winehouse, que respondía –en su ahora mítica canción “Rehab”- a los que pretendían su rehabilitación “no, no, no”, este José Tomás ya no tiene arreglo y no da un paso atrás, manda en los toros y manda en el toreo –sus compañeros de seda y luces van a verlo torear como alumnos que asisten a una lección magistral- y es muy suyo y dueño de su destino y de su pasión. Es un indignado y republicano hasta la médula y responderle al Rey -cuando el monarca le preguntó “a ver si me brindas un toro”- con un “ya veremos”, que sonó como a pase del desmayo, o a una media verónica mirando al tendido y sin pestañear.
Los españoles necesitan héroes en estos tiempos de gran dificultad. Y se agarran al deporte como quien se toma un calmante o se agarra a una tabla de salvación y han visto en José Tomás un personaje estratosférico, llegado de otro planeta. El que además de tentar al diablo torea como los ángeles. Y acaba de regresar de un largo viaje por la vía láctea y de rehabilitación. Y una vez que está en el ruedo, y cuando los suyos le imploran prudencia, el torero, héroe y matador les responde como Amy Winehouse; “no, no,y no”.