Nº 1602 -  1 / IX / 2014 
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OPINIÓN

Camps a la luna de Valencia

Ignacio del Río
 

Y la soga se dejó junto a la casa del que iba a ser ahorcado. Los hermanos Cohen podrían dirigir un western en el que el jefe de la banda va dejando sogas a aquellos de su cuadrilla que ponen en peligro la seguridad del propio jefe y el viaje del ganado a las tierras altas, donde abunda el agua y los pastos. Un “revival” de los 29 meses de Camps y los trajes o como Gürtel, con diez de los suyos, salió de Madrid y se refugió en las aguas de Valencia.

Una crónica anunciada e insostenible políticamente después de que se decretara la apertura del juicio oral y dos inculpados, Víctor Camps y Rafael Betoret, aceptasen la calificación de la Fiscalía.

Camps siempre ha creído que un milagro le liberaría de la mordida de los trajes y de la sentada en el banquillo de los acusados. Su convicción está o estaba en que no ha cometido ningún ilícito penal o, de otra manera, que no ha favorecido personalmente a la trama Gürtel en su Comunidad, por más que las conversaciones intervenidas y publicadas reflejasen una relación personal con Álvaro Pérez, a la sazón “el Bigotes”, cabecilla de la empresa que monopolizaba la producción de actos del PP de Valencia y de algunas consejerías de su Gobierno.

Pero en este país nuestro de una justicia terriblemente lenta, premiosa y cada día más lejana de lo que necesita una sociedad del siglo veintiuno, el veredicto estaba ya dictado por la opinión pública y los medios de comunicación. No hay político que resista un banquillo de los acusados, todavía, y, aún cuando la sentencia que se dicte fuera finalmente absolutoria, no hay político que sobreviva al proceso penal, como lo prueban los casos del ex presidente de Castilla León, Demetrio Madrid López y del ex presidente de RENFE, Julián García Valverde.

Rajoy hoy ha ganado otra posición que se suma a las que ya tiene ocupadas. La declaración de Camps, “dimito por España y por Rajoy”, es el último desahogo de un inquilino de la quinta galería de los condenados. Demasiado próximas las elecciones generales, demasiado cerca el olor de la capa de armiño del poder y demasiado sonoro el silencio de Rajoy en lo que se ha presentado como una decisión personal del Presidente Camps.

El grave error de Camps ha sido no medir los tiempos procesales que tenía abiertos, incapaz de comprender que las aguas del Jordan electoral no iban a lavar sus culpas. El escenario no era de un solo actor y las defensas de los demás inculpados le dejan en evidencia por la propia e indelegable estrategia de sus abogados. En estas situaciones con varios imputados, cada palo aguanta su velo y cada mochuelo procura defenderse individualmente. El compañerismo de los procesados no existe, como es obvio.

Camps pudo tomar la decisión de no presentarse a las elecciones y rebajar la presión de la inclusión en las listas de imputados, lo que le hubiera evitado el miércoles de pasión y sacrificio para un político que tiende a sobreactuar en sus comparecencias y que ha puesto por delante, más que su gestión, el protocolo del poder.

La dirección de Génova consigue el objetivo de eliminar de la agenda de vulnerabilidades el “caso Camps” que empezaba a pesar como una losa en la estrategia hacia La Moncloa. Rajoy ha sufrido demasiado desde el año 2004 como para que el regalo de unos trajes de una tienda de tercera división pusiera en peligro su carrera política de más de treinta años. Su independencia se refuerza y de los tres tenores que avalaron su continuidad en la amarga derrota de las generales de 2004, Arenas, Camps y Gallardón, ya solo queda en plenitud de garantía el primero. Los resultados de Gallardón en Madrid con una pérdida de más de 5 puntos y su pugna con Esperanza Aguirre le han debilitado en su papel de avalista.

Ni sectores económicos, ni barones territoriales, ni directores de periódicos han sido los remolques de Rajoy en su viaje desde la concejalía del Ayuntamiento de Pontevedra hasta el Palacio de La Moncloa, si así sucede y también claudica Rubalcaba, abanderado del PSOE. Una historia política plagada de errores… de los competidores, no propios.

Como dice Sun Tzu, redactor en el año 500 antes de Cristo del libro “El arte de la guerra”, “Y si no puedes ganar la batalla, espera y medita”.

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