Nº 1568 -  29 / VII / 2014 
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OPINIÓN

Me disocio

Javier Pérez Pellón
 

“Me disocio” es una frase que Piero Chiambretti ha hecho célebre en los “talk show” con que, en su triple vertiente de creador-presentador-conductor, entretiene al respetable en divertidísimos programas de la televisión italiana, en un puzle de refinado ingenio y humor cáustico. Ayudado por un gran equipo de larga andadura y experiencia de lo que es el ritmo y “tempo” televisivos, el “me disocio” de Chiambretti surge cuando alguno de los invitados al programa salta con alguna inconveniencia, naturalmente pactada de antemano, aquí no hay ninguna censura que valga, relativa al “políticamente correcto”, tanto en política, como en la forma desenfadada del lenguaje, como en el ir contracorriente en las normas de moral, o de moralina, tácitamente aceptadas, como en presentación de personajes extravagantes… Un humor un poco de “non sense”, contra sentido, de tipo “marxiano”, el de los inolvidables Groucho, Chico y Harpo, que nos hace recordar, también, a nuestros añorados Tip y Coll. En fin, uno de esos raros programas que, en horario nocturno, pueden dar una bocanada de oxígeno después de una jornada de respirar el hidrógeno del cabreo colectivo a que nos someten, diariamente, las malaventuradas torpezas, a veces, y no tan pocas, criminales, de quienes están desgobernando el mundo.

Por eso yo me disocio, y estoy seguro que conmigo también se disocian centenares de millones de personas que habitan en las tierras de los cinco continentes.

Aunque Napoleón sostenía que “a los hombres no se les debe juzgar de la cintura para abajo” y expresaba con ello, como se sabe, un juicio interesante, yo me disocio de Silvio Berlusconi que, en este tema, ha exagerado un pelín, distrayéndole, esto es lo peor, de sus obligaciones como presidente del Consejo de Ministros de Italia. Aunque, por otra parte, sería mejor que no se ocupara de los deberes políticos que le corresponden o de abstenerse de asistir a algunas de estas reuniones de su gabinete, porque cuando lo hace es para promulgar decretos que favorecen los intereses no de los italianos en toda la pluralidad de la ciudadanía de este país, sino del italiano en la singularidad de su propia persona, como ha sucedido, hace tan sólo tres días atrás, suspendiendo, hasta sentencia definitiva, el pago de 750 millones de euros que Fininvest, – el ingente grupo financiero y de comunicación (prensa, editorial Mondadori, seguros, televisión, equipos de fútbol, entidades bancarias…) de la que él y su familia son propietarios en Italia y España – , debe abonar a Carlo De Benedetti, antiguo socio mayoritario de Mondadori, después de un largo proceso judicial, que ha durado años, y del que ha salido condenado, con sentencia del 22 de septiembre del 2010, el “premier” italiano.

Ante la insistencia del Jefe del Estado, el presidente de la República, Giorgio Napolitano, Berlusconi ha retirado, momentáneamente, esta enésima ley “ad personam”, pero seguro que probará de nuevo y se batirá para no pagar ni un céntimo de esos 750 millones de euros.

Distraído en estas cosas, los ejes de la carreta de la política, a falta de engrase, parece que chirrían, como lamentara el gaucho argentino de la canción.

Ni aún en tiempo de crisis como estos “la casta” de la política, derecha, izquierda y centro, abdica ni de uno solo de sus privilegios. Se sienta en sus estrados desde hace veinte, treinta, cuarenta años. Se asemeja a una “compaña” de viejos pensionados, un tanto decrépitos, que ven pasar sus últimos días sentados en los bancos de un parque público o jugando al dominó en las mesas de mármol de cualquier casino de pueblo.

Y, mientras tanto, maduran y acumulan varias pensiones, como en el caso de un parlamentario que cobra, mensualmente, 3.000 euros de pensión por haber asistido !un sólo día! a una sesión de la Cámara de Diputados o aquel otro, con alguna asistencia más, que, cada mes, se mete en el bolsillo la nada despreciable pensión de !30.000 euros! o los pertenecientes a familias mafiosas que, declarándose pobres de solemnidad, ya que sus entradas financieras no pueden, por obvias razones, ser declarables, el Estado les compensa con la pensión mínima, unos 500 euros mensuales.

Ahora que Obama ha comprendido !ya era hora! que, como dice un viejo proverbio de Laos, “no se puede partir el mar con una espada”, y comienza a pensar en retirarse de un país que, como Afganistán, no le queda ni un centímetro de tierra que no haya bombardeado, conviene recordar que los americanos, – al revés, parece ser, de varias regiones españolas y con la indiferencia zapateril – , tienen una especial obsesión por su bandera, Iwo Jima…y que una de las bases de su cuartel general, desde el comienzo de la guerra, situada en la ciudad de Kandahar, ha sido bautizada con el nombre de “Campo de Justicia”; y que la bandera que se iza al viento todas las mañanas, para que quede bien claro que justicia significa venganza, lleva la firma de los familiares de las víctimas de las Torres Gemelas.

Ahora los talibanes son las víctimas de los americanos que quieren vengar a sus muertos y, sobre todo, pretenden demostrar al mundo la idea de su invulnerabilidad. El hecho de que los talibanes no hayan sido directamente, ni quizás indirectamente, responsables de aquellos muertos es algo que no tiene importancia. De la misma manera que los afganos, niños, mujeres y ancianos, de ninguna manera responsables de la masacre de las Torres Gemelas, han sido los primeros en pagar la cuenta de esa terrible venganza americana ¿Cuántas han sido las víctimas entre los militares talibanes? ¿Cuántas las víctimas inocentes? ¿Diez mil, veinte mil, treinta mil? ¿Cuántas viudas, huérfanos, lisiados, han ido sembrando en su infernal venganza las fuerzas armadas estadounidense? ¿Cuántas las víctimas inocentes han ido dejando en el polvo del camino, las otras fuerzas de la coalición, en total las de cuarenta y ocho países incluida la española? Resta y permanecerá un misterio. Los Estados Unidos nunca responderán a esta pregunta. Les basta y les sobra con que los corresponsales occidentales se vistan como si de combatientes se tratara, a veces las “corresponsalas” luciendo un vistoso y coqueto chador, para decir que la operación tal o cual, en la “misión de paz”, española o inglesa o italiana, han muerto uno dos de nuestros soldados, a los que se les rendirá el honor de funerales de Estado…y crónica acabada.

Pocas veces como en ésta, la historia de las guerras ha sido tan impar, en la cual la asimetría de las pérdidas haya sido tan evidente. Los Estados Unidos han causado miles y miles de muertos al costo, prácticamente, de ninguno de ellos. Bombardeando, desde diez mil metros de altura, incluso con aviones sin piloto, con mandos a miles de kilómetros de distancia, como si de un videojuego se tratara, se manifiestan como lo que siempre han creído ser: imbatibles.

No obstante, también, pueden recibir, por parte de los países que invaden y bombardean una respuesta asimétrica: el terrorismo.

Y así, creyendo de protegerse, los americanos nos han hecho, a todos, más vulnerables y la vida del entero planeta más precaria y mucho menos agradable; el atentado de Atocha, el del Metro en Londres, los continuos en Pakistán, Irak…

Y yo, de todo esto me disocio.

La misma tortura ha dejado de ser un tabú en la conciencia occidental y en los talk show de la televisión americana se discute, abiertamente, sobre la legitimidad de recurrir a la misma, cuando se trata de extraer al sospechoso-torturado, informaciones que puedan salvar vidas americanas. La “comunidad internacional” ha aceptado, sin pestañear, que los intereses nacionales americanos prevalgan ante cualquier otro principio, incluido el, hasta ahora “sacrosanto”, de la soberanía nacional.

¿Nos podemos imaginar a un país occidental pidiendo a Los Estados Unidos de consignar a la justicia a cualquier ciudadano americano, reo confeso, de actos terroristas, por ejemplo en Cuba, Haití o Chile? ¿O que Washington lo haga con aquellos criminales responsables de campañas terroristas en Centro y Sudamérica y que ahora gozan de la protección americana? Tal despropósito sólo podría ocurrir en un relato de ciencia-ficción.

“El gran progreso material no ha caminado con el mismo paso de nuestro progreso espiritual. Es más, el hombre, sobre todo el occidental, no ha sido nunca tan pobre desde el momento en el que ha adquirido tanta riqueza. Sería llegada hora, aunque esto pertenezca al irrealizable universo de la utopía, que invirtiera esta tendencia y volviera a tomar el control de ese extraordinario instrumento que es su propia mente”. Algo que leí y aprendí hace unos cuantos años. E invito, a quien esto leyera, a que reflexione sobre el contenido de estas palabras, en días, como los presentes, en los que tanto se habla de Afganistán. Como en todas las guerras los primeros en morir son, sobre todo, los civiles.

Y toda esta mi disociación a cuanto antecede, que son hechos crudos y reales de la historia de cada día, viene a cuento porque de Afganistán, de la decisión de Barack Obama de dar por terminada su misión de exterminio en aquel país, retirando poco a poco sus tropas, ha hablado la Hillary Clinton, en su reciente visita a Madrid, con sus interlocutores españoles, desde el Rey hasta las serviles huestes sociatas, Zapatero, la Señorita Trini, hasta la “despechada” Chacón , – nunca mejor dicho desde que la Ministra de la Guerra (de la guerras de Afganistán y Libia) ha indicado con su teta derecha “escapada” de su impoluta blusa blanca, en una imagen que, “colgada” en Internet, está dando la vuelta de medio mundo, cuál será su próximo teatro de operaciones: ¿asesinar, políticamente a Rubalcaba? ¿Enviar a un exilio permanente, en una localidad ignota de la montaña leonesa a Zapatero? ¿Amenazar a Rajoy con despertarle de su permanente letargo invernal, a ver si del susto se muere? ¿Declarar la guerra a Inglaterra para que nos devuelvan el Peñón?

Decía Marx, pero no el barbudo y serio Karl, sino el mucho más divertido y bigotudo Groucho, que “inteligencia militar son dos términos contradictorios”.

Yo me disocio de la listilla, Sra. Clinton, tratando de imponer sus soberanos criterios, sin dar opción de respuesta a sus mudos “oyentes” españoles, de la misma forma que me disocio del Sr. Rubalcaba cuando anuncia que está en el secreto de dar con la salida y solución de la crisis, crear empleo, etc….en una palabra, convertir a España en Jauja, en un programa de promesas realizables a medio y a largo plazo.

Este Sr. a lo mejor cree que el resto de los españoles, menos él, naturalmente, somos tontos y, a lo mejor, a juzgar por las reacciones, es verdad.

Tiempo, y de sobra, ha tenido para hacer, aunque fuera la centésima parte de lo que ahora promete. Mire, en política, sobre todo en política de emergencia, que es donde estamos metidos, sucede exactamente igual que en los regímenes para adelgazar. Cuando mi santa me dice que, desde mañana se quiere poner a dieta, para perder algún kilillo que cree le sobra, yo la contesto que eso es tarde, como es tarde el someterse a plan de adelgazamiento desde hoy mismo. El plan para adelgazar debe comenzar, como poco, desde ayer.

Pues igual en política. Sr. Rubalcaba, usted tenía que haber comenzado ayer. El hoy es ya tarde, figurémonos el mañana, de ocho o diez años ¡¡Me disocio!!

Cómo me disocio de María Dolores (“te canto un bolero”…) de Cospedal, guapa, inteligente, procesionaria con su mantilla negra, tan española ella, ciertamente un validísimo “animal político”, lo que, aquí, en Italia se llamaría un “caballo de raza” (Moro, Andreotti, Fanfani…) pero … no basta. No bastan sus anuncios de austeridad. Para ser creíbles y decir que todos los españoles deben gozar de idénticos derechos, es necesario no sólo predicarlos, sino también realizarlos, ponerlos en práctica. Para ser creíbles, usted y todos los miembros parlamentarios de su partido, comunidades, regiones, ayuntamientos, deberían renunciar a sus privilegios. Que no me parece que en la Constitución, y si así fuera habría que cambiarla, esté escrito que, a costa del contribuyente, se tengan que pagar sus desplazamientos en vehículos oficiales, puedan viajar gratis, en primera clase, en aviones y trenes, entrar gratis en los cines, ir rodeados de escoltas personales, madurar excelentes pensiones en una o dos legislaturas, y menos cuando ya se piensa que al resto de los trabajadores se les pueda aumentar, en un par de años, de los treinta y cinco ya existentes, la edad pensionable. Nadie les impedirá que, de propia voluntad, renuncien a esos “pretendidos” derechos. Aprendan a ir a su trabajo en autobús, a viajar en segunda clase, en metro, que es estupendo o en taxi, cuyas carreras son bastante asequibles o en bicicleta, para estar en contacto con el pueblo al que dicen amar tanto.

Es tal el despegue, la apatía, el tantas veces no disimulado desprecio, del pueblo, del gentío de a pie, hacia la “casta política” ¡se lo han ganado a pulso! que no existe riesgo de que les suceda nada desagradable, primero porque para eso, para salvaguardar la integridad física de cualquier ciudadano, existe la policía y segundo porque al advertir su presencia muchos huirían horrorizados.

“I monatti”, según relata Alessandro Manzoni, en “La Columna infame”, en tiempos en que la peste asoló el milanesado en 1630, eran personajes despreciables, aunque cumplieran un acto caritativo, que vestidos con jubones y calzas de colores encendidos, rojos, verdes y azules, y portando campanillas en las puntas de sus sandalias, para que todo el mundo advirtiera su presencia, iban de casa en casa, robando todos los objetos preciosos a su alcance, a la vez que obligaban a los diagnosticados de peste a conducirles al Lazaretto, donde, con toda probabilidad, morirían. Así mismo cargaban sus carretas, a rebosar, de cadáveres recogidos en las calles, de los muertos de peste. Este contacto con la pestilencia hacía que la gente, aterrorizada por un posible contagio, se diera a la fuga y se encerrara en su casa con siete candados.

“Gli untori”, eran, también, según describe Manzoni, extraños personajes sobre los que pesaba la sospecha, durante el período de pestilencia, de embadurnar, con una sustancia amarillenta, lugares y objetos con los que una persona podía, fácilmente, entrar en contacto, como los picaportes de las puertas, para contagiar a los habitantes de la ciudad de ese morbo extraño. Más leyenda que realidad, contra éstos, en una especie de ignorante pesadilla colectiva, se desencadenó una injusta persecución a muerte, sólo comparable con la caza y quema de brujas del Medioevo.

Los “untori”, aunque existen no se les ve, escondidos, como están, dentro de los consejos de administración de potentes empresas estatales o protegidas por los gobiernos de turno, antiguos ministros o ex-jefes de gobierno…

Los “monatti”, según el gentío, son “la casta de la política” y del poder financiero. Y que, nada más advertir su presencia, huye despavorido, con las manos apretando los bolsillos, no vaya a ser que les roben, con nuevos impuestos, los pocos euros que llevan encima.

Si no quieren que esto suceda, renuncien a sus privilegios; los sociatas la perdieron hace tiempo. A ustedes, los peperos y a la Rosa Diez, todavía se les brinda una oportunidad, no sin antes expurgar de sus filas a los Camps de turno, vestidos de hortera con trajes regalados y que confiesan ¡pero qué caradura! el ser propietarios de un automóvil con más de ocho o diez años de antigüedad ¡Toma! ¿y los tres o cuatro vehículos oficiales dónde los dejan? En singular, este buen tío de Valencia, que es la tierra de las flores, es que se la arrastra ¡Me disocio!

¡Como me disocio del Sr. Moratinos! ¿Pero no habíamos quedado en que era el diplomático más inútil de su Ministerio? Esto de haber pertenecido al equipo de Zapatero, es, por lo visto, una bicoca. A Juzgar por sus apariencias, su figura regordeta de “bon vivant”, de gustarle el empine y el buen yantar, y que sea por muchos años, porque ello ayuda a la salud y a vivir mucho más alegremente, no creo que fuera el candidato más apropiado para luchar contra el hambre en la FAO; se hubiera gastado la mitad del ya débil presupuesto de esta dependencia, casi inútil, de la ONU, en comilonas y francachelas. Hubiera sido, sobre todo una cuestión de mal gusto. Hubiera sido como poner a un zorro de guardián de un gallinero. De todas formas ¿cuánto nos ha costado su candidatura? ¡¡Me disocio!!

Dice un viejo canto del Himalaya:
“Siento piedad de aquellos que su amor propio,
les une a la patria;
la patria es sólo
un campo de tiendas de campaña en un desierto de piedras”

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