Nº 1593 -  23 / VIII / 2014 
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OPINIÓN

Pol-Pot

Javier Pérez Pellón
 

El hombre no es, absolutamente, la parte más noble de la creación y en su caminar hacia la barbarie de la incivilidad, está sufriendo, ahora, delante de nuestros ojos y con nuestra participación, un, si se quiere aún mayor deterioro de su pretendida humanidad. Es el hombre que olvida tener una conciencia, que no tiene claro el papel que debe desempeñar en el universo y que se convierte en el ser más destructor de todos los seres vivientes, contaminando las aguas de la tierra, devastando las inapreciables reservas, verde pulmón a través del cual respira la entera especie de las criaturas del planeta, de bosques y de selva, cumpliendo auténticas masacres contra el reino animal, utilizando formas de violencia, cada vez más sofisticadas, contra sus semejantes.

“Justo al inicio del tercer milenio, – escribiría Tiziano Terzani en sus Cartas contra la guerra – , cuando tantos jóvenes pensaban que había llegado la The New Age, la nueva era de paz y serenidad, el hombre ha encendido la mecha de un peligrosísimo proceso de nueva barbarie. Justo en el momento en el que una serie de reglas del convivir humano parecían aseguradas y condivididas por una gran mayoría, cuando las Naciones Unidas parecía la sede adecuada para la resolución de los conflictos, cuando los más variados convenios sobre los derechos humanos, sobre la protección, desde la infancia, a la mujer, al ambiente, parecía que había puesto la primera piedra para la construcción de una nueva ética internacional, todo ha sido desbaratado y la administración de la muerte violenta del prójimo, ha vuelto a ser lo de siempre, una simple rutina técnico-burocrática, como para Eichman había llegado a ser el transporte de judíos a los campos de exterminio”.

Son éstas, reflexiones que tengo escritas desde hace tiempo y que forman parte del capítulo sobre Camboya y sobre el aterrador fantasma de los jemeres rojos, que tan de cerca viví, de un libro que, pacientemente, estoy redactando sobre la gratuita violencia humana con la que conviviera en los días febriles en que ejercía mi profesión en las regiones martirizadas, sobre todo, en aquellas del Extremo Oriente, del Medio Oriente y de África.

Libro que aspiro, un día, ver publicado, porque supone, sin ninguna mediación de terceros, un documento de primera mano que se pueda utilizar, como tantos otros que ya han sido escritos, aunque no igual, para reflexionar sobre los males que hoy nos aquejan. Sólo conociendo el pasado, y este pretérito es muy reciente, se pueden interpretar las claves del conocimiento del presente.

En su oración cotidiana, Gandhi imploraba el poder de imaginarse el sufrimiento de los otros para tratar de comprender el mundo. Con los vientos que corren parece que esta inapreciable oración se la ha llevado el aire, esfumándola, dentro del torbellino de ese terrorífico negro agujero de ozono abierto merced al constante trabajo de la maldad del hombre.

Todos estos recuerdos han aflorado a mi memoria justo en el momento en el que los medios de comunicación daban la noticia del inicio de un juicio que, con toda seguridad, durará años, contra cuatro responsables de uno de los mayores y más brutales genocidios de los que tenga memoria la historia.

Es posible que las jóvenes generaciones que nos han seguido en el curso de estos últimos treinta y cinco o cuarenta años, hayan tenido noticia de esta horrenda masacre sólo a través de la visión del extraordinario “film-vérité”, 1984, The Killing Fields (Los gritos del silencio). Pero que se queda en eso, en una memoria contada de la cual se están debilitando las huellas hasta reducirlas a polvo del camino. Quizás intencionadamente, porque el peso que gravita sobre la conciencia de todo nuestro cómodo mundo occidental, comenzando con el de Los Estados Unidos, principal responsable del desastre, es de los que causan vergüenza de pertenecer a la familia humana.

Bastaría decir, una vez más, o una vez por todas, que Polt-Pot no es otro que el Frankenstein, que la llamada “comunidad internacional”, – que otra cosa no es sino un inmenso parque de diversión a uso exclusivo de la administración estadounidense – , ha fabricado, sin poder, después, controlar sus acciones.

Y esto porque la “Republica Democrática de Kampuchea”, guiada por el “camarada n° 1, Polt-Pot, fue, durante años, reconocida como única y exclusiva representación de Camboya. A finales del 1978, el ejército de Vietnam invade la Camboya de los jemeres rojos y derroca el régimen de Pol-Pot. En febrero de 1979, como represalia, China, protectora de los jemeres rojos, invade Vietnam. El “camarada n° 1, el responsable más directo de la masacre de, al menos, cerca de dos millones de personas, se retira, hacia las montañas que forman la frontera con Tailandia, para conducir la resistencia armada, contra el nuevo régimen vietnamita de Phnom Penh, apoyado, por diversos motivos, por Los Estados Unidos, China y la mayor parte de las potencias del mundo occidental. “La República Democrática de Kampuchea” de Pol-Pot, abre embajadas en varios países del área occidental.

Aún recuerdo con estupor cuando en 1978, en la Yugoslavia de Tito, – cuya corresponsalía compartía con la de Italia y otros países del área mediterránea – , en una reunión de “los países no alineados (India, Egipto, Yugoslavia y otros estados asiáticos y africanos), el rostro imperturbable de Ieng Sary que, como Ministro de Relaciones Exteriores, estaba al frente de una delegación de la “República Democrática de Kampuchea”, país, también, “no alineado”.

No sería ésta la primera vez que vería, al menos vivos, a estos guerrilleros, porque muertos habíamos visto muchos con las impenetrables y míticas “sonrisas khamer”, heladas en sus labios. Al igual que el vietcong, en Vietnam, habíamos sentido cierta simpatía porque los creíamos los liberadores del pueblo que luchaban contra el régimen corrupto del tirano dictador Lon Nol, que una conjura de la CIA había impuesto en Phom Penh, para justificar la invasión americana de Camboya, aprovechándose de una ausencia del Príncipe Norodom Sihanouk que estaba realizando una visita oficial a la, entonces, Unión Soviética. Fue, precisamente, Norodom Sihanouk quien les llamó, por primera vez, “khmer rojos” y cada vez que se capturaba a alguno de ellos, el Príncipe daba la orden de matarle, a palos, “porque no valía la pena desperdiciar balas”.

Todos los que cubríamos, informativamente, aquellas áreas martirizadas, habíamos caído en el gravísimo error de ver en los incorruptibles jemeres rojos los defensores del pueblo camboyano. Desde el inicio de la guerrilla, en 1970, hasta su victoriosa entrada en Phnom Penh, el 17 de abril de 1975, 33 periodistas habían desaparecido en su intento de adentrarse en el territorio y tratar de entrevistar a alguno de los jefes del Angka, la Organización. Nos habíamos equivocado, acostumbrados, como estábamos, a que entrevistar a miembros del vietcong era absolutamente fácil, ya que se podía llegar hasta ellos, bajo la protección del “paraguas” americano, incluso en el mismo Tan Son Nhut, el aeropuerto civil-militar de Saigón.

Recuerdo que, con mi equipo de TVE, – con la inapreciable ayuda del estupendo “cámara” que ha sido Emilio Polo Guinea, compañero del alma, – vagamos por quince o veinte días a lo largo y ancho de frontera de Camboya con Tailandia, hasta llegar al puesto del confín, el puente de Aranya –Prather y Popipet, en espera de ver liberados a mi amigo Carlos Ripoll, a su mujer vietnamita Elisabeth y a las dos pequeñas hijas del matrimonio. Carlos “Charles” Ripoll, rezaba su tarjeta de visita y el gran cartel de su consulta en el la Plaza del Mercado, en el centro de la capital camboyana. Vicecónsul Honorario de España. Personaje clave, para nuestros contactos en Phom Penh, ya que había sido médico personal, primero del Príncipe Norodom Sihanouk y después de Lon Nol. Republicano, jovencísimo y recién licenciado en Medicina, huyó a Francia, en los últimos días de la Guerra Civil Española y fue a parar en la Legión Extranjera francesa donde fue testigo del desastre de Dien Bien Phu, la última batalla, perdida, de la dominación francesa en Indochina librada entre el 17 de marzo y el 7 de mayo de 1954. Más tarde Carlos “Charles” Ripoll abriría su clínica médica en Phom Penh.

En espera de esta liberación, que los jemeres rojos concedían con cuenta gotas a todos aquellos ciudadanos occidentales que se habían refugiado en las embajadas de Phom Penh, – Carlos “Charles” Ripoll y su familia lo haría en la embajada de Suecia – , tuvimos ocasión de comprobar cómo decenas, quizás centenares, de niños, ancianos y mujeres, que huían de Camboya y que apenas cruzaban las fronteras, habían caído muertos de sed o de hambre, porque nadie y menos la guardia o los campesinos tailandeses, nos contaron algunos supervivientes, habían sido capaces de la compasión de un trago de agua o de algo que llevarse a la boca.

Mientras tanto, nosotros encontramos refugio de la inclemencia del clima y del ataque de enormes mosquitos, tal que parecían vampiros sedientos de sangre, en un purim, un pestilente prostíbulo, uno de los muchos que abundaban hasta en los más pobres poblados de Tailandia. Sin acceder a los “servicios” de tres viejas y desdentadas prostitutas, pero pagándolas igualmente, para que nos dejaran dormir en unas sucias esteras sobre un colchón deshilvanado de paja seca. Cuando Carlos “Charles” Ripoll y su familia fue liberado, me contó el horror vivido en Camboya que era, tal cual, como lo repetición de la visión de Los gritos del silencio. Vivió algún tiempo en Barcelona, se hizo con un poco de dinero, y harto del cinismo y de la hipocresía de nuestro mundo occidental, partió para África. Nos despedimos y, desde entonces, le perdí de vista.

En todo este caos, y en espera de ese juicio contra cuatro supervivientes del genocidio camboyano, proceso penal cuya sentencia final, seguramente y dada su edad, no conocerá ninguno de los llamados a responder, se cruzan, a veces se juntan, muchas coordenadas.

Los jemeres rojos han sido, una aberración, pero no han sido otra cosa que los hijos ideológicos de Mao Zedong (Mao Tse Thung) y en esto China tiene una gran responsabilidad. China sabía, aprobaba y callaba. Las grandes masacres de Phom Penh, entre el 1975 y 1979, sucedían en el liceo de Tuol Sleng, un día la escuela francesa donde estudiaba la flor y nata de la alta burguesía camboyana, a pocos metros de distancia de la embajada de Pekín. Se cuenta de un diplomático chino que, enloquecido por los desgarrados gritos que procedían de las salas de tortura, terminó sus días hospitalizado en una clínica psiquiátrica.

Lo que hizo Pol Pot en Camboya no fue muy diverso de aquello que otros revolucionarios habían intentado antes de él. Mao lo había intentado ya con su “Revolución Cultural”. Se ha dicho que “la obra de Pol Pot impresiona y horroriza más, parece más deshumana, sólo porque la ha acelerado, ha reducido los tiempos de su realización y ha ido, directamente al íntimo nudo de la cuestión. Como todos los revolucionarios, Pol Pot había comprendido que no se puede crear una nueva sociedad sin antes no crear hombres nuevos y que para crear hombres nuevos es necesario, antes de nada, eliminar a los hombres viejos, es necesario eliminar la vieja cultura, cancelar la memoria colectiva del pasado. De aquí el grandioso plan de los jemeres rojos de barrer el pasado con todos sus símbolos y la cadena de trasmisión de todos sus valores, la religión, los bonzos, los intelectuales, las bibliotecas, para educar verdaderos hombres nuevos sin memoria, niños con páginas blancas en las cuales escribir aquello que el Angka, la organización, el partido, desee”

Es decir una especie de instauración de “Memoria histórica”, de falsificación de la historia, de destrucción de todo lo acontecido antes de la llegada al poder del “partido”. Y digo yo, es simplemente una suposición ¿no es que en la cabeza de nuestro Zapatero y en su “Memoria histórica”, se ha albergado, alguna vez, una especie de pacífico, hortera y provinciano Pol Pot? ¿Ha leído el “Libro rojo” de Mao? Si quiere yo le puedo prestar uno. Tengo un montón, lo mismo en chino, que en castellano, que me regalaba la “Guardia Roja” china, cuando escaramuceaba al confín de Macao, todavía enclave portugués, con la Gran Madre Patria”

Al tiempo en cual los “talibanes” destruían en Bamiyán los enormes Buddha de piedra y mármol, hacía ya años que miles y miles de niños morían como moscas, a causa de la sed, el hambre, y el embargo puesto a Afganistán. Y sin embargo la comunidad internacional lloraba sólo por el destino de unas estatuas.

Pero el agua para beber no parece ser digna de ningún empeño, visto que del agua potable, sólo dispone un cuarto de la población que abarca desde Pakistán a la India y al Bangladesh.

Me dirijo, siempre, a los chavales y chavalas del 15-M, porque yo, mi generación, representa la experiencia, y ellos la esperanza. Y son los únicos con los que se puede y vale la pena entablar un diálogo.

Así que cuando llegue la Hillary Clinton esa, y se entreviste con el Zapa, con la Señorita Trini y con la efigie aburrida y silenciosa de Rajoy, el “registrador de provincia” (The Economist dixit), no les tiréis ni huevos podridos ni verduras ajadas. No merecen que, por su causa, se pueda ensuciar Madrid ¡Es tan bonita!

Recibirles con una espectacular pedorreta.

Desde 1969 a 1973, fueron arrojadas, por los B-52 americanos, a lo largo y lo ancho de las fronteras entre Camboya y Vietnam, 539.129 toneladas de bombas, causando la muerte de más de 600.000 personas, la mayoría civiles y pobres campesinos; es decir, tres veces más de las que USA descargó sobre Japón durante toda la Segunda Guerra Mundial. Esta fue la cusa, aunque no la única, del crecimiento y posterior desarrollo de la organización guerrillera de los jemeres rojos. De ahí la tremenda responsabilidad de los Estados Unidos en la tragedia camboyana.

“Esta no es una ciudad sobre la Tierra, -declararía un funcionario francés-, ésta es la puerta del más allá”.

En 1970 los guerrilleros camboyanos eran poco más de 3.000 y ocupaban una ínfima parte del territorio del país. En 1975 tenían un ejército de más de 60.000 hombres y administraban el 90% del territorio nacional. Los sistemáticos bombardeos americanos y el corrupto ejército de Lon Nol habían hecho el resto, cambiando el rumbo de la historia ¡Gracias por ello Sr. Presidente Richard Nixon! ¡Gracias por ello, Mister Henry Kissinger, su fiel Consejero de Estado y Premio Nobel de la Paz!

Recordárselo a esa pandilla que nos visita y a esta otra que la recibe y que, de paso, se lo recuerden al “bronceado” Obama, su señorito. Que las relaciones diplomáticas entre España y los Estados Unidos, no han sido nunca tan buenas por compartir indénticos intereses e ideales.

Decía Albert Einstein que “el mundo es peligroso no a causa de aquellos que hacen el mal, sino de aquellos que miran y dejan hacer”.

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