Da la impresión de que a Strauss-Kahn le espera un auténtico calvario personal si en las próximas semanas o meses no logra encontrar una vía de arreglo amistoso con la camarera con la que, según la versión de la Policía, intentó sobrepasarse. Como el personaje aparece ya como reincidente por casos múltiples, alguno incluso durante su estancia ya al frente del FMI, es de suponer que la carrera del brillante economista francés puede darse por concluida, tanto en su calidad de alto funcionario como en la de candidato a la presidencia de la República francesa para tomar dentro de unos meses el relevo de Nicolás Sarkozy. Es una pena que un tipo tan brillante y que cuenta con una hoja de servicios de acreditada solvencia en algunas de sus actuaciones a lo largo de estos últimos años, tanto en su país (Francia) como en organismos internacionales de la importancia del Fondo Monetario Internacional, termine así su biografía activa.
Desde luego, la Justicia estadounidense es bastante implacable con los delitos que atentan contra la libertad de las personas, como es presuntamente el caso, aunque los tribunales de este país no siempre han mostrado el mismo grado de contundencia ni siquiera de independencia cuando el presunto delincuente es un ciudadano de un país extranjero, por mucho que dirija una institución económica de ámbito multilateral. Dicho de otra forma, esperar que Strauss-Kahn vaya a recibir el mismo trato benevolente que los tribunales dispensaron, por ejemplo, a Bill Clinton, acusado y acosado (infructuosamente) por algún correoso fiscal estadounidense a causa de actividades de índole personal que no distaban posiblemente mucho de las que ahora se le atribuyen al político francés, si bien en este último caso media la agravante de la violencia, sería ilusorio. Ni Strauss-Kahn goza de inmunidad diplomática ni esta le serviría, llegado el caso, para eludir la acción de la Justicia en delitos como los que presuntamente ha cometido.
La acción de Strauss-Kahn, aún cuando esté pendiente el pliego acusatorio y por supuesto el veredicto final, no debería dañar a la institución que aún dirige, ya que las conductas personales son perfectamente separables del ejercicio de las funciones directivas. Pero en estos momentos lo cierto es que el FMI se encuentra con su máximo responsable ejecutivo en la cárcel, lo que cuando menos se traduce en una situación de dirección interina para el FMI, de la que se ha hecho cargo además el “número dos”, que días atrás, pura coincidencia, había anunciado su deseo de una próxima retirada, aprovechando las vacaciones veraniegas. Un desafío importante para este organismo será el de demostrar que puede seguir funcionando con eficacia mientras su máximo responsable está fuera de la circulación o mientras llega el momento de su relevo, opción esta última que parece la más probable.
La labor de Strauss-Kahn (sucesor de Rodrigo Rato) al frente del FMI ha sido valorada de forma bastante positiva en los últimos meses. Parece que con bastante razón. Sobre las espaldas de este organismo ha recaído la gestión de una parte importante de la crisis económica. Además, durante sus últimas reuniones plenarias, el FMI ha empezado a poner en marcha un lento proceso de transformación, tendente sobre todo a reconocer el carácter multilateral de la economía mundial, lo que significa darle un papel creciente, en sintonía con su envergadura real, a las economías emergentes, tales que China, Brasil, India, Turquía y alguna otra. Estos cambios estaban en fase de consolidación de cara a los próximos años. Quizás ha llegado la ocasión de buscar a un presidente que rompa el turno bipolar y alternante en el que Estados Unidos y Europa se relevaban en la conducción del organismo.