Nº 1570 -  31 / VII / 2014 
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El Manantial

El Príncipe Felipe y la crisis árabe

Pablo Sebastián
 

El Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, asistió ayer –provisto de papel y lápiz- a un debate que sobre la crisis de las revoluciones árabes en curso que se celebró en la oficialista Fundación Elcano. Lugar donde se dieron cita presuntos expertos en la materia que, como siempre, no vieron venir la revuelta generalizada –como los analistas y economistas no vieron venir la crisis financiera- y además no suelen ser capaces de abordar, con toda su crudeza, los problemas reales de la rebelión árabe e intereses políticos, estratégicos y económicos entre los que el petróleo ocupa, sin lugar a dudas, el primer lugar. Puede que el Príncipe aprenda más de todo estos escuchando a su padre el Rey.

El objetivo de los recientes viajes del Rey a Kuwait y del presidente Zapatero a Qatar y Emiratos Árabes no ha sido por cuestiones de cortesía o de simple interés económico sino que responde a una nueva estrategia con la que tanto los Estados Unidos como las primeras naciones de la UE pretenden blindar o proteger los regímenes autoritarios del Golfo Pérsico del riesgo de revueltas árabes incontroladas, para evitar el colapso de las fuentes del petróleo del Golfo Pérsico y del norte de África.

Lo ocurrido en Túnez y en Egipto ha tomando un alcance de mayor calado con la guerra civil de Libia, en la que se quiere entrometer Hugo Chávez desde Venezuela en pos de la mediación de la Liga Árabe que estudia la propuesta que ha tomado por sorpresa a las naciones aliadas. Las que, con el liderazgo de Estados Unidos, han aproximado navíos de combate, fuerzas aéreas y tropas de desembarco a las costas de Libia, país productor de gas y de petróleo y por lo tanto integrado en el círculo energético occidental (y europeo de especial manera), de ahí que el caso levante especial atención, aumentada por la dureza de la represión de Gadafi contra la población rebelde de su país.

En estas circunstancias, las tibias y primera declaraciones a favor de las revueltas árabes contra los autócratas de sus respectivos países, emprendidas por el presidente Obama y luego seguidas por los mandatarios de París, Londres y un poco mas tarde por Zapatero, se fueron apagando a medida que el incendio árabe se aproximaba a las fuentes ricas del petróleo –en Barhein, Yemen y Omán-, y acto seguido se puso en marcha un cinturón de protección diplomática y política del Golfo Pérsico que luego, sutilmente, se ha ido extendiendo a Argelia y a Marruecos, otras dictaduras del campo amigo y aliado, del que ha sido excluida Libia por la velocidad de los acontecimientos –a pesar de las buenas relaciones de las naciones occidentales con el régimen del pintoresco dictador- pero a sabiendas todos que Gadafi era y es aliado de otros grupos de naciones como la Venezuela de Chávez, o incluso China.

Gadafi ha ido demasiado lejos en sus matanzas y represión pero todavía tiene de su lado a parte del ejército y también a la aviación. Y todo apunta a que, salvo que se produzca un atentado contra su persona –ya hubo un intento fallido- que no tiene alternativa (ni siquiera en sus hijos), la crisis de Libia puede durar todavía algún tiempo mientras crecen los problemas humanitarios y se bloquean todos los pozos de petróleo, lo que afecta a la distribución del crudo y los precios (véase las medidas de ahorro energético urgentes que se están tomando en España y en Italia).

Y una vez más las naciones occidentales nadan entre sus intereses, la legalidad, los principios y la fuerza militar que a las puertas está de las playas de Libia y presta para intervenir, con o sin autorización de la ONU. Temerosos algunos de que se extienda la idea, que denuncian Chávez y Gadafi, de que los “aliados” solo buscan el control del petróleo como en Irak, porque de ser así ello podría poner al mundo árabe en contra de Occidente, lo que está por ver una vez que los árabes del petróleo lo que quieren es tener el apoyo occidental. Otros países claman por el respecto de la legalidad internacional que se debate en una ONU lenta y anquilosada. Y otros por las víctimas de la guerra y el exilio masivo que nadie sabe como va a terminar.

¿Cómo ha empezado todo esto? Quizás las cosas son mas sencillas de lo que parece y en Túnez, país ajeno al oro negro, se dieron las condiciones del estallido al confluir seis elementos cruciales:

- El paro y la desesperación de la gente joven, agudizado por la crisis financiera internacional.

- El suicidio a lo bonzo del joven Mohamed Bouazizi al que la policía tunecina había quitado su puesto de verduras con el que se ganaba la vida y que ahora es un héroe nacional.

- El informe de la embajada de EE.UU. en Túnez, que fue difundido por Wikileaks, sobre los altos niveles de la corrupción del presidente Ben Alí y su familia, a la que el diplomático americano calificó de “pura mafia”.

- La agitación popular a través de las redes sociales de Internet y de los teléfonos móviles por donde habían circulado el suicidio de Bouazizi y el informes de la embajada americana sobre el dictador Ben Alí.

- La propia existencia de dictaduras longevas, crueles y corruptas, que ha sido cuidadas por los gobiernos de Occidente con una doble o falsa moral que distingue entre los dictadores ajenos –los de Cuba por ejemplo- y los propios, como los amos del petróleo del Golfo Pérsico y del norte de África.

La confluencia de estos seis elementos (y no la larga mano de Al Qaeda como dijeron los propagandistas de medios ultra conservadores en curiosa coincidencia con Gadafi), fue lo que provocó la caída de Ben Alí en Túnez, luego la de Mubarak en Egipto y finalmente encendió la mecha de Libia que veremos que consecuencias tiene y si llegará a extenderse a naciones vecinas como Argelia y Marruecos.

Los presuntos expertos en cuestiones internacionales y el mundo árabe podrán hacer sus evaluaciones cuando acabe la revuelta. Pero este tipo de analistas están lejos y ajenos a las estrategias y necesidades del poder (de los que suelen ser cómplices o beneficiarios), las grandes potencias del mundo en general, y ribereñas del Mediterráneo –España aquí incluida- en particular. A todos ellos la revolución de Túnez los pilló por sorpresa a igual que su contagio a otros países árabes, incluido Irán. Y en realidad no saben muy bien que hacer, aunque parece que tienen claro que Gadafi no puede continuar y que por el momento deben blindar a las naciones con gas y petróleo por lo que pueda pasar.

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