Nº 1468 -  20 / IV / 2014 
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OPINIÓN

Felipe y Aznar en la misma “mierda”

Fernando G. Urbaneja
 

Hubo un tiempo, cuando Felipe González se hacía a la condición de ex, de jarrón chino, cuando perseguía a su fantasma, en el que no se le apeaba la palabra “mierda” del discurso. Sonaba mal en el razonamiento del expresidente que siempre ha sido interesante y sugerente en sus apreciaciones, pero revelaba un estado de ánimo, el desasosiego de quien se siente maltratado por el mundo y sus circunstancias. Me dicen que luego entró en serenidad (quizá el noble trabajo de la piedra le ayudó) y que alcanzó esa distancia que otorga autoridad, cierto señorío.

El caso de su sucesor José María Aznar es distinto. Sospecho que la palabra “mierda” no le es propia, pero sus miradas parecen decir algo muy parecido. Aznar es más previsible, menos sugestivo, pertenece a la zona de sombra, un cenizo contundente.

Los dos expresidentes se repelen, no se aguantan. No es nuevo, ocurrió casi desde su primer encuentro, agua y aceite. Habitan en universos que nada tienen que ver entre sí. Hubiera sido deseable que se tuvieran mayor respeto, incluso alguna complicidad, siquiera fingida; pero no fue posible.

Ahora les unen circunstancias incómodas para ambos. El azar ha hecho coincidir dos decisiones personales de ambos poco relevantes pero que han alborotado e irritado a muchos ciudadanos que ya estaban cabreados. Dos compañías eléctricas, de esas que dependen del BOE para ajustar precios, han contratado a los dos expresidentes con honorarios razonables a la función, pero que resultan irritantes para el público en general, más aun cuando el personal tiene motivos para el cabreo y es propenso a ello.

A los dos le sobra y les falta tiempo, según se mire; los dos tienen la vida resuelta y ambos disfrutan ahora de una libertad personal que les coloca por encima de debates y contingencias, aunque no evitan bronca cuando se ponen declarativos. La coincidencia en el tiempo y en la materia supone mala suerte; dos que se repelen unidos a la misma yunta, a la misma “mierda”. Aunque pueden tener su razón, aunque están en su derecho de contratar con quien les parezca, la presentación del asunto es deficiente, se explica regular tirando a mal, y revela distancia de la realidad y de una opinión pública que a ambos les importará una higa, pero que está formada por millones de personas que en su día les dieron su confianza y su voto.

El debate de la vida y milagros de los expresidentes, de cómo pueden y deben ganarse la vida, es viejo. Se intentó resolver con asistencia pública estable, perpetua, como en otros países serios. Pero no ha funcionado bien por múltiples razones. Felipe se ocupó del futuro de su antecesor, de Calvo Sotelo, que cuando salió del cargo sufrió del silencio y distancia de sus viejos compañeros de vida profesional y empresarial. Le hicieron el vació hasta que Felipe les llamó la atención.

El debate sobre las pensiones de los parlamentarios y las actividades de los expresidentes es envenenado; tiene poco fondo, pero da pie a la demagogia fatalista. Tanto Felipe como Aznar se han equivocado al aceptar las ofertas de Gas Natural y Endesa, no era el momento; pero están en su derecho de hacerlo y también de no dar explicaciones, aunque la peña se cabree y les ponga a caer de un burro.

fgu@apmadrid.es

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