Nº 1134 -  21 / V / 2013 
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OPINIÓN

El discurso del rey

Daniel Martín
 

Dice Salvador Monsalud que “los españoles nunca estaremos a la altura de los anglosajones porque, a diferencia de ellos, orgullosos de su Historia, nosotros odiamos la nuestra, nos avergonzamos de nuestro pasado”. El cine es perfecta demostración de tal afirmación. Cuando algún director español viaja a nuestro pasado, lo hace en plan de broma, como en “La vaquilla”, o para servir a alguna causa y atacar al rival, como en “Raza” o “Libertarias”.

En ese sentido, siento una envidia nada sana del cine histórico británico, no sólo por su excelente calidad artística sino también por su objetividad a la hora de abordar el pasado, sin abandonar nunca un patriotismo sincero aunque nada pretencioso. Hace pocos años, “The Queen” maravilló a medio mundo por muchas razones además de la inmejorable interpretación de Helen Mirren como Isabel II.

El discurso del rey“, dirigida por Tom Hooper, vuelve a coger una anécdota aparentemente banal para construir una magnífico filme histórico. En este caso el tema argumental es la tartamudez del futuro Jorge VI, incapaz de dar un buen discurso en público. Empujado por su esposa, comienza a trabajar con un maestro en oratoria para conseguir dar con ánimo y temple el famoso discurso que envalentonó al Reino Unido al principio de la Segunda Guerra Mundial. Así, tenemos un obstáculo para el protagonista, un maestro, una larga lucha, y un triunfo final: cine en estado puro.

Más allá de eso, “El discurso del rey” vuelve a mostrarnos la capacidad de los británicos para recrear su Historia. La ambientación, tanto en escenarios como vestuario, el casting, la dirección artística en general, el guión… todo es modélico a la hora de acercar el pasado. A eso se une la siempre inmejorable interpretación –Colin Firth, Geoffrey Rush y Helena Bonham-Carter son claros candidatos a los Oscar– de los mejores actores del mundo, seguramente porque Shakespeare es su escuela.

Así, de un elemento trivial que tuvo una importancia decisiva en el devenir del mundo, se ha construido una maravillosa historia cinematográfica que, durante dos horas, atrapa al espectador y consigue transportarle en plena catarsis en media docena de ocasiones, sobre todo durante la espléndida secuencia del discurso final, adornada por –y aquí se ve la genialidad porque, siendo la banda sonora absolutamente sobrecogedora, aquí se ha renunciado a crear algo nuevo por mor de un clásico inigualable– el segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven.

Escena que culmina este brillante filme, a la postre una declaración de amor verdadero a un momento dramático y heroico de la Historia de una nación. No sé hasta qué punto Monsalud disfrutará de esta película, pero seguro que termina emocionándose al observar en otros lo que tanta falta nos hace. Porque, después de todo, ¿un español no se emociona más escuchando “God Save the Queen” que su propio himno?. El cine británico, por lo menos, también aquí nos enseña a admirar su pasado. Quizás sea un paso hacia el nacimiento de un poco de amor propio compartido por todos.

dmago2003@yahoo.es

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