En 1982 “Tron”, de Disney, supuso una auténtica revolución visual. Las imágenes, generadas con ayuda informática, dieron un nuevo rumbo a la estética cinematográfica. Contaba una historia muy sencilla, con tres personajes –Flynn (Jeff Bridges), Tron (Alan Bradley) y Yori (Cindy Morgan)– bien construidos en su simplicidad luchando contra el todopoderoso ordenador central y su secuaz Sark (ambos interpretados por David Warner). Como “La guerra de las galaxias”, es una especie de western futurista que abrió nuevas puertas a los espectadores de los 80 y al cine posterior.
Acaba de estrenarse mundialmente “Tron legacy“, la muy esperada secuela de aquella ya vieja película. A pesar de tener unos efectos especiales realmente brillantes y contar una historia ambiciosa en su contenido y sus pretensiones, no deja de resultar decepcionante. Sobre todo porque el guión, pobre, de diálogos flojos y personajes debiluchos, abandona el espíritu de su predecesora. Continúa la lucha del bien contra el mal, pero ahora apenas hay conexión entre el mundo virtual (el interior de los ordenadores) al que viaja el protagonista (Garret Hedlund como Sam Flynn, hijo del personaje de Bridges) y el real al que todos pertenecemos.
Aun más, todas las viejas propuestas que nos maravillaron hace casi 30 años –los programas heredan rasgos de sus programadores, desean una conexión con el exterior, un ordenador pretende acabar con el mundo, etc.– han sido abandonadas a cambio de nada: ahora se recrea una especie de dictadura fascista que destruye todo lo que transgreda su visión dogmática sobre la perfección informática, otra analogía más sobre los totalitarismos del siglo XX. Incluso Tron, el personaje que da nombre el filme, tiene una importancia marginal y su giro final demuestra lo desnortado que andaban los creadores cuando escribieron y rodaron la segunda parte. Tan solo el título, quizás también la dirección artística, mantiene el espíritu original.
Al salir de “Tron legacy” me sentí perplejo. Había visto unas espectaculares peleas de motos y unos emocionantes duelos de discos. Mucho efecto especial absolutamente digital y una chica guapa, en este caso Olivia Wilde. Pero, más allá de la decepción por la falta de fidelidad al original, el producto resulta escandalosamente frío, tópico, da la impresión de que se ha visto mil veces pero no en aquella producción de 1982.
La misma tarde en que vi “Tron legacy” me puse a ver el DVD de “Tron”. Sus efectos especiales se han quedado tan antiguos que parecen una pieza de museo. Pero así eran entonces los videojuegos. Su historia, repito, es muy simple. Y el vestuario y la dirección artística resultan un tanto kitsch. Aun así, su hora y media de metraje me entretuvo mucho más que las dos horas de su lejana descendiente.
Hace 28 años el cine se hacía de otra manera. Aunque “Tron” supuso una enorme revolución técnica y visual, contó con un guión correcto, unos personajes creíbles y cercanos, bastante tensión dramática. “Tron legacy” muestra cómo se hacen las cosas actualmente. Los efectos 3D son inmejorables, la cosa técnica está realmente currada, pero no hay nada más. Bella pero sin seso.
En su primer fin de semana de exhibición, “Tron legacy” ha sido líder de taquilla en Estados Unidos, España y medio mundo. La pregunta es saber si la gente ha ido a verla por nostalgia de la vieja “Tron” y ha quedado defraudada por la tomadura de pelo o si se ha conformado con el brillo fatuo de la nueva entrega de Disney. La respuesta será mucho más reveladora de lo que parece a simple vista.
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