Está de mal año el presidente Obama. Ni la estrategia económica a lo T.D. Roosevelt va a tener efectos salvíficos ni milagrosos frente al paro, ni tampoco su comprensión para quienes quieren levantar mezquita en la Zona Cero induce tolerancias y comprensiones hacia lo musulmán en las gradas inmensas de la tolerancia de la primera democracia del mundo. Ha tenido que ser con la propia Casa Blanca, el general Petraeus, responsable militar de las fuerzas aliadas en Oriente, muy principalmente en Afganistán, quien advirtiera a un pastor protestante de Florida contra la idea de proclamar el 11 de septiembre “Día internacional para la quema de l Corán”. Con toda lógica y coherencia, el Vaticano ha salido con el mismo registro. Por Kabul ya hicieron acuse de recibo, con la quema de la efigie del pastor y de cuantas banderas norteamericanas tuvieron a mano los manifestantes. Al reverendo en cuestión le instan a que fume fuera del polvorín, y el buen hombre, advertido de lo extremadamente peligrosos de su ocurrencia, ha dicho que se dispone a rezar mientras se lo piensa.
De todos modos, por una cosa y por la otra, por lo de la mezquita y por lo del pastor protestante, posiblemente entramos en el noveno aniversario de los atentados contra las Torres Gemelas con una ambiente mucho más recalentado que en las ocasiones precedentes. Pues si el primero de todos se celebró con la primera guerra de Afganistán, para desalojar al régimen de los talibanes que había dado cobijo a la plana mayor de Al Qaeda, la respuesta llega ahora servida por las protestas furibundas del Islam más radical y beligerante contra los “demonios” occidentales y su patrocinado Israel.
Y así sucede que por primera vez en la Historia norteamericana que se abre allí un frente de tensión entre los filomusulmanes y quienes les apoyan y las mayorías del país, que son de base cristiana o son de un agnosticismo al que molesta el mensaje compacto y enterizo de la religiosidad acuñada por el profeta Mahoma. Algo ajeno, en todo caso y más allá de las respectivas adscripciones de unos y de otros. Lo islámico sobrevenido ha quebrado ese universo en el que la fe de los distintos cristianismos y otros credos minoritarios era la luz, y el agnosticismo de unos conocidos espacios de la Costa Este y California eran la sombra, estéticamente silenciosa.
En todo caso tal es el paisaje de fondo por el que avanza la democracia norteamericana hacia las elecciones de noviembre, con pronósticos muy desalentadores para la actual Administración demócrata. Tan desalentadores que los malos augurios saltan del otoño al que vamos hasta el siguiente, en el que las urnas ya no serán par la elección de Representantes y Senadores sino para discernir si la Casa Blanca sigue con el mismo inquilino de ahora, o da paso a un relevo salido del Partido Republicano.
Desde esa perspectiva, en la que cabe un inicio suficientemente aceptable de la recuperación económica norteamericana, junto a la del resto del mundo, cabe, en terminología de Leire Pajín, la conjunción astral de la comunión de sueños entre las esperanzas de Barack Hussein Obama (a quien un 18 por ciento de los estadounidenses cree musulmán, lo que ilustra sobre los niveles culturales y los motores íntimos de las encuestas en aquellas mayorías) y las esperas de salvación política del actual residente en la Moncloa. Nada tienen sin embargo de homologables las potencialidades electorales ni los errores de tan sinceros amigos. Aunque se entiendan más o menos con lo de la Alianza de Civilizaciones.