La exportación ¿la gran esperanza?
Luis de Velasco
Publicado el 07-09-2010
Repetidamente se nos presenta desde instancias oficiales a la exportación, de bienes para ser más exactos, como la llave maestra para que la economía española salga de su postración. El análisis es muy simple: las economías europeas, destino principal de nuestra exportación, se están recuperando y eso hará posible que su demanda aumente con el consiguiente efecto beneficioso en la exportación española y por lo tanto en el PIB. Análisis más simplista que simple porque olvida varias cosas de interés.
Que crezca la importación en nuestros principales mercados es condición necesaria pero no suficiente para que eso haga crecer nuestra exportación. La condición suficiente exige que nuestras empresas sean lo suficientemente competitivas como para aprovechar ese impulso. Hay razones para sospechar que no lo son.
El indicador, seguramente rudimentario pero es el más utilizado, para medir esa competitividad es la participación de un país en el comercio mundial de bienes. Veamos las cifras oficiales españolas y de la Organización Mundial del Comercio. En 1999, año del euro, la exportación española era el 2.01 % del total mundial, proporción que baja al 1.7 en 2009. Ocurre lo mismo midiendo la proporción exportación respecto del PIB: se pasa del 18.1 en 1999 al 17.4 en 2008 e incluso al 15.1 en 2009.
Esas cifras, que denotan una exportación insuficiente cuantitativa y cualitativamente, responden a una estructura exportadora escasamente diversificada tanto en destinos como en sectores. En lo primero, cerca del 70 % del total va a la UE mientras que mercados muy amplios o rápidamente crecientes como Estados Unidos, China, Brasil, India o Japón tiene presencia casi testimonial. En cuanto a la estructura sectorial, basta echar un vistazo a la misma para ver que la presencia de sectores de demanda mundial dinámica y tecnología avanzada es muy reducida lo que no es sino el reflejo de una estructura productiva sectorialmente obsoleta en gran parte. No podemos competir por costes ni por tecnologías avanzadas.
Muy pocas empresas españolas exportan de manera regular, escasamente unas treinta mil de un universo superior al millón. Todavía menos invierten fuera, requisito ya imprescindible en cualquier proceso serio de internacionalización consolidada. Esa internacionalización como objetivo empresarial central está todavía ausente de la mentalidad y la acción de una gran parte del empresariado español. Ha habido avances indudables pero insuficientes y las cifras lo demuestran.
Hablando de cifras, aunque seis meses es poco, es destacable el comportamiento del sector exterior en el primer semestre de este año. Algo inusual en una recesión, la importación ha crecido más que la exportación lo que ha dado lugar a una contribución negativa del saldo exterior al PIB por el aumento del déficit corriente en la balanza de pagos. Así, la baja capacidad de competir de la empresa española se muestra también en el interior frente a las importaciones.
Pensar que la exportación es una especie de mirlo blanco y que será la llave de una recuperación (que tardará mucho en llegar) es, otra vez, confundir los deseos con las realidades, sobre todo cuando no está disponible el bálsamo perenne de la devaluación. Volvamos a la dura realidad.
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