De cualquiera de las maneras la economía es siempre política, pero hay algunas en que parece serlo mucho más que todas las otras. La Casa Blanca ha adelantado el extracto del discurso que el presidente Obama va a pronunciar con motivo del Día del Trabajo en Milwakee, Estado de Winscosin, en el que destaca al anuncio de un plan de inversiones en infraestructuras, durante los próximos seis años, que llevará a la construcción de 241.000 kilómetros de carreteras, 6.437 de ferrocarril y unos 300 kilómetros de pistas aeroportuarias.
Cuando el presidente Franklin Delano Roosevelt acometió su segundo New Deal, de 1936 a 1938, el número de parados en Estados Unidos era de 11 millones. Fue la fase de las grandes inversiones en infraestructuras que no logró resolver en términos satisfactorios la cuestión del paro y la salida de la crisis económica que arrastraba EE.UU. y el entero mundo desde el crack financiero de 1929. Algo que llevó a la crisis monetaria, a la crisis comercial internacional con el estallido del proteccionismo y finalmente al estallido de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939. La catapulta que finalmente relanzó la economía norteamericana y sepultó en el olvido el agravamiento del déficit presupuestario en que había desembocado la primera fase del New Deal.
Qué hizo y qué dejó de hacer aquel presidente constituye en estos días uno de los ingredientes primordiales de la polémica política sobre las recetas más convenientes frente a la actual fase de la presente crisis económica, entre los neoliberales y los neo-intervencionistas, a los que parece quererse apuntar ahora con su programa de infraestructuras el actual presidente norteamericano, tan semejante en principal manera al de F.D. Roosevelt.
Paralelismos y semejanzas, de otro punto, que asimismo se encuentran en las peripecias de aquel presidente demócrata con sus reformas en el terreno político y sindical, algunas de las cuales chocaron con el Tribunal Supremo, que allí es guardián de las garantías constitucionales. Mientras que en el caso de la descafeinada reforma sanitaria que Obama ha sacado adelante, la resistencia conservadora a la orientación de sus contenidos, sin llegar a sustanciarse en denuncias ante el Tribunal Supremo, se vino a argumentar como alegatos contra las supuestas trasgresiones de los principios liberales que inspiran la Constitución norteamericana.
Otros componentes del programa de Milwakee no guardan paralelismo con aquella terapéutica roosweliana contra la crisis de entonces, como la protección a las clases medias con rebajas de impuestos, igual que a las pymes y a las empresas de I+D. Pero es muy de notar en esta estrategia de la actual Casa Blanca el hecho de que el eje de su proyección discurre por los desembolsos públicos con retorno para el sistema productivo y no para la rentabilidad electoral. Aunque el lanzamiento de esta iniciativa se haya hecho sobre el horizonte de las elecciones parlamentarias de noviembre, en las que la Barack Obama se juega la base necesaria para sacar adelante su proyecto político, no se advierten capítulos tales como subvenciones las de aquí a los municipios para el arreglo de las aceras y otras milongas de parecido porte.