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Doña Letizia, la rana y el haragán

Aurora Pavón

Publicado el 05-09-2010

Ha dicho Stephen Hawking, un sabio de la física y la astrología, que mirando al cielo ha llegado a la certeza de que Dios no existe. No hacía falta mirar tan lejos para llegar a esa conclusión, bastaba observar nuestro alrededor en la Tierra, a los miles de millones de seres humanos, los que viven y mueren en la miseria, el hambre, la enfermedad o la guerra, para saber que no puede existir un poderoso Dios tan magnífico en su creación y tan cruel en sus consecuencias, a no ser que el ángel rebelde Lucifer le ganara la partida y se hiciera con el control y desbarajuste del Paraíso, que luego intentó sin éxito redimir el santo Jesús con su sacrificio y su lección.

El planeta azul es más hermoso visto desde la estación espacial, pero aquí a pie de obra en la bocana de la mina chilena donde permanecen sepultados en vida treinta hombres dejados de la mano de Dios, o en las riadas de Pakistán, en lo que queda de Haití, y en las praderas de África por donde galopan a sus anchas los jinetes de la Apocalipsis, por citar solo unos ejemplos recientes, nuestro planeta está más cerca del Infierno que del Cielo protector. Pero Hawking, que es un sabio, quiere darle a todo esto una científica explicación y profetas, teólogos e intelectuales han entrado en una discusión de altura y de salón que se aleja de la cruda realidad.

En nuestro país, España, y a pesar de los pesares y del difícil momento que atravesamos somos unos privilegiados en general, y unos más que otros en particular. Y no digamos los que a la fortuna de su posición añaden el don casi divino de su primacía como es el de nuestra familia Real donde nos cuenta un ruiseñor que ha crecido la inquietud por el hecho de que un libro/libelo pretende a estas alturas dañar la imagen de la Princesa de Asturias, doña Letizia, con historias atribuidas a su pasado “liberal/republicano” que ya eran conocidas y que curiosamente ha querido publicitar con un llamativo despliegue informativo el diario El Mundo, dando pábulo a la maldad. Como hace pocos meses su famoso director dejó en el aire con toda intención un amplio reportaje sobre otra dama y desconocida princesa, Corinna, a la que en Madrid llaman “la señora del Pabellón”, y como si todo eso formara parte de una intriga calculada del citado diario con la que se pretende dañar a la persona que hace poco tiempo tuvo la generosidad de calificar a ese periódico como ejemplo preclaro del “periodismo crítico de calidad”, tal y como lo dijo el Rey don Juan Carlos en el vigésimo aniversario de su fundación.

La Princesa está triste y en el Palacio de la Zarzuela no entienden la agresión, pero doña Letizia no se debe preocupar si ejerce su función de puertas adentro del Palacio y en sus encuentros privados con la misma prudencia que lo hace ante el conjunto de la sociedad española, evitando jugar a periodista, a experta en comunicación y a sabelotodo, y si en familia y entre amigos evita las intrigas y los roces y mantiene la discreta posición a la que a le obliga su privilegiada posición.

No son estos tiempos buenos para la lírica ni para aumentar los problemas que acosan a este país de la “vieja Europa”, que es como le llamaban a nuestro entorno y continente los amigos guerreros que José María Aznar tenía en el Pentágono en los tiempos del ex presidente George W. Bush. Son tiempos de reflexión y añade Aznar que también de liderazgos poderosos y con una visión de futuro. Aunque no fue esa su reflexión cuando eligió a Rajoy como su sucesor en el PP, porque poco o nada tiene que ver el señor de Pontevedra con lo que el presidente de FAES pregona, al tiempo que se presenta como el ídolo de Sarah Palin, o un cruzado contra el islam, amigo de guerras y tensiones con el mundo musulmán y poniendo el punto de mira en las centrales nucleares de Irán.

En el PP cada vez que truena Aznar se santiguan y organizan una excursión a La Granja o a Toledo. Y Rajoy, al que Alfonso Guerra ha llamado desde Rodiezmo “el haragán”, tras sesudas reuniones en la capital imperial sobre el momento político español sale y no dice nada como si los largos días de meditación hubieran sido una sesión de espiritismo. O unos ejercicios espirituales de esos que tanto le gustan a Mayor Oreja -al que oiremos clamar contra la ¡tregua trampa! de ETA- y que es el topo ultra en la dirección del PP al servicio del combo mediático conservador, aunque disimula como lo hace Gallardón con su inconfesable ambición. En Toledo indultaron a Costa y Cobo, y Cospedal como el demonio tentador en el desierto les enseñó a sus compañeros la panorámica de la ciudad, El Alcazar y la Catedral diciendo: “Todo esto será nuestro, y sobre la piedra Tarpeya despeñaremos a Bono como castigo ejemplar”. Y Rajoy contempla embobado a su lozana y radiante pupila, mientras suspira porque todavía le queda mucha tela que cortar de los trajes de Camps, y tiene a Álvarez Cascos en Covadonga furioso como don Pelayo y dispuesto a guerrear.

Ahora al “haragán” le ha salido rana y se le escapado a Casa Blanca para una fiesta de pedida y futura boda el inefable Gustavo Arístegui, portavoz del PP en la comisión de Exteriores del Congreso de los Diputados que hace poco publicó un artículo más bien a favor de Marruecos y del Rey Mohamed VI, mientras Aznar desembarcaba en Melilla y en el PP convertían los incidentes de la plaza española en un arma arrojadiza contra la que se presenta como la “diplomacia inteligente” de Zapatero. La próxima boda mora de este diputado, que conspiró con Aguirre y Juan Costa contra Rajoy, está en la base de su escrito complaciente con el Rey Mohamed y con el que pronto será su suegro, un alto militar marroquí, que es padre de la afortunada y la enamorada hurí del Edén, que en sus ratos libres publicita en nuestro país las bondades y bellezas del régimen marroquí y del hermoso vecino reino del sur, en el que la “rana aluita” del PP ha sido condecorado con todo merecimiento y razón por su aportación a la Alianza de Civilizaciones de la que a partir de ahora es virtual embajador.

Princesas, Reyes, líderes, embajadores, poderosos guerreros y enamorados, moros y cristianos y al fondo la famélica legión de la Internacional que canta Alfonso Guerra, el cómico habitual de Rodiezmo, para consolar lo que va quedando de UGT, tapando a Zapatero y zurrándole a Rajoy. Y mientras tanto Hawking mirando al cielo desde su postración  buscando a Dios entre las estrellas sin éxito y con preocupación. Hawking conoce mejor el firmamento que la Tierra, y si estudiara en este planeta a España con interés no saldría de su asombro porque en este país están las puertas que conducen al Cielo y al Infierno dos estancias que conviene visitar porque seguramente son anteriores al portentoso Big-Bang.


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