Rescatar el nacionalismo árabe
José Javaloyes
Publicado el 02-09-2010
Cuando Hillary Clinton ha dado en Washington el banderazo al comienzo de las negociaciones, para una navegación inicial de varias singladuras o etapas según la agenda establecida por el presidente Obama – El Cairo, a mediados de mes; la Asamblea General de la ONU, desde el próximo día 23, y eventuales encuentros quincenales entre Mahmud Abbás, presidente de la ANP y Benjamín Netanyahu, según propuesta de éste; cuando arranca un proceso que repite el mismo propósito en que fracasaron tantos otros, parece echarse de menos la existencia de un cambio que altera los términos teóricos que el problema de Israel con los árabes tenía al comienzo del primero de todos los intentos de negociar la paz.
A este cambio me referiré después. Las inmediatas referencias de ahora son los apriorismos de partida: fin de los asentamientos judíos, que exigen los palestinos y garantías para la seguridad que los judíos demandan. Y además, las exigencias expuestas por Abbás, devolución de los territorios árabes ocupados en la guerra de 1967, liberación de los presos palestinos y fin del embargo a que está sometida Gaza.
Pero en el análisis y las consideraciones previas que se han hecho ante esta aventura política de mayor cuantía comenzada ayer, especialmente el planteamiento que de todo esto ha hecho en Jerusalén José María Aznar ante el Congreso Mundial Judío, entiendo que se ha omitido ese cambio al que me refiero. No es otra cosa que la modificación esencial del problema que ha supuesto la irrupción del islamismo terrorista representado por Al Qaeda. Un factor que estaba latente desde mucho antes, como desafío sistémico, en el núcleo ideológico de los Hermanos Musulmanes.
Con la debelación del nacionalismo árabe en la guerra de Iraq, el espacio que éste ocupaba ha sido ocupado por el islamismo, con el que la interlocución y la negociación resulta poco menos que imposible. Por no decir que lo es del todo. Ahí está Hamás asesinando israelíes para que las negociaciones de ahora no comenzaran, como antes el propio Hamás, en diciembre de 2008, interrumpió las que había lanzando cohetes contra Israel y provocando la guerra. Pero lo de Hamás es sólo un botón de muestra.
Con el islamismo nunca se podrá pactar la paz como la pactó Israel con el Egipto de Sadat, que era el Egipto del nacionalismo árabe de Nasser. Y es el islamismo terrorista de Al Qaeda el que bloquea con la insurgencia la formación de un Gobierno en Iraq después de las elecciones que se celebraron en marzo de este año. Pero allí, al propio tiempo, es la desaparición del nacionalismo baasista lo que contribuye a la disgregación política de las partes que componen o componían aquel Estado.
Se ha olvidado la Historia. Los nacionalismos aparecieron en Oriente Medio sembrados por Occidente tras la desaparición del Califato que representaba el Imperio Turco. Entre esos nacionalismos estuvo y está el del propio Israel. En Palestina había un todo nacionalista, pero el islamismo la ha partido al implantarse Hamás en la Franja de Gaza. Puede decirse, por tanto, que los israelíes y los palestinos representados por Abbás son interlocutores naturales y podrían ser a medio plazo, desde la paz que se consiguiera en la negociación, aliados efectivos. Para Occidente el problema no son los árabes en su nacionalismo sino el frente musulmán fermentado que aspira a resucitar el Califato Universal, con terrorismo o sin él. Un proyecto, una ambición o un sueño al que obsta la civilización democrática y los valores judeo-cristianos que subyacen a ésta.
El rescate o la reconstrucción del nacionalismo árabe, desde la esbozada perspectiva, podría significar una gran construcción de fondo para estabilizar el Oriente Próximo.
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