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España tiene crédito, pero no invierte

Primo González

Publicado el 02-09-2010

España sigue teniendo crédito internacional. Después de tantas suspicacias durante estos últimos meses sobre las posibilidades reales del país de hacer frente a sus deudas, tanto el Estado como las empresas y los bancos, estos días estamos viendo un auténtico aluvión de colocaciones exitosas de emisores españoles en los mercados. Este jueves ha sido particularmente activo, con el Tesoro emitiendo a 5 años todo lo que quería y por debajo del 3%, flanqueado por empresas y bancos de casi todos los tamaños, por lo general grande. Es todo un espectáculo para un país que no invierte, que ha colocado la inversión pública bajo mínimos y que se ha convertido en una fábrica de paro, en el que hay más empresas saliendo que entrando, con un sector privado en el que no brillan los proyectos de inversión sino las tácticas de supervivencia.

En pocos días, esta misma semana, España ha levantado en los mercados internacionales cerca de 10.000 millones de euros de crédito a unos tipos de interés que no son de lo mejor pero que, dadas las circunstancias, constituyen un buen remedio para nuestras carencias. España necesita seguir refinanciando la enorme bola de deuda que generó en los años explosivos y que en los dos últimos años se acrecentó debido a la acción compensatoria del Estado en la vida económica, hecho este último que no ha sido ajeno al despiste de Zapatero y a su proverbial generosidad con el dinero de los españoles, tirando de la chequera para parar problemas en cuanto vió que la crisis iba en serio y que la fila de los servicios de empleo se alargaba por encima de los 4 millones de ciudadanos perplejos y asustados.

La inmensa mayoría del dinero que están recibiendo estos días el Tesoro y las empresas de primera fila (sobre todo los bancos, pero también compañías como Telefónica, en su caso debido a nuevas operaciones de inversión) viene lógicamente del exterior. El ahorro doméstico no es suficiente para financiar ni las aventuras del Estado, embarcado en una tarea de financiar gastos corrientes y de consumo con créditos que en ocasiones son a medio e incluso largo plazo, ni las costosas y a veces arriesgadas operaciones de financiación de algunas empresas durante los últimos años ni siquiera para poner en manos de los bancos y cajas de ahorros de mayor tamaño los recursos necesarios para financiar a empresas y familias en el mercado interno, a pesar de que la batalla por captar depósitos se ha recrudecido de forma notoria en las últimas semanas.

Detrás de toda esta masiva apelación a los mercados se puede decir que prácticamente no existen proyectos de inversión que sean capaces de mirar al futuro y patrocinar el crecimiento del empleo. Todo el dinero que se está pidiendo por parte de los grandes agentes económicos, incluido el Estado y los entes públicos, va destinado a pagar nuestros excesos del pasado reciente. Es decir, refinanciación y más refinanciación, pedir dinero para devolver los créditos anteriores. Tan sólo Telefónica se podría catalogar como empresa auténticamente inversora en la medida en que sigue creciendo mediante compras sustanciales (la participación en la brasileña Vivo, más de 7.000 millones de euros, es su última gran jugada) y apostando por crecimiento.

Precisamente el destino de todos estos recursos que nos prestan los agentes económicos internacionales, refinanciar aventuras del pasado (unas veces inversiones, otras gastos improductivos) es lo que va a marcar en un futuro difícil de establecer la diferencia entre un país que trata de pagar facturas pendientes y otro que apuesta por el crecimiento. De momento, lo nuestro es pagar deudas atrasadas. Lo de pedir dinero para invertir queda, por desgracia, y salvo interesantes excepciones, para mejores tiempos, lo que nos abona por bastante tiempo aún al grupo de economías en estancamiento o con lento crecimiento.


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