El prestigioso crítico británico –allá han tenido la suerte de que la semilla del Doctor Johnson germinase– F.R. Leavis escribió de George Eliot que “no es transcendentalmente grande como Tolstoi, pero ella es grande, y grande en el mismo sentido”. Colocar a alguien a la altura del mayor novelista de todos los tiempos puede parecer arriesgado, pero Mary Ann Evans, que firmaba como George Eliot para ganarse el respeto del público, es una narradora de primera magnitud, una de las más grandes del siglo XIX, es decir, de siempre.
Eliot comenzó escribiendo algunas libros como Silas Marner y El molino del Floss, buenas novelas de las muchas que alumbraba la entonces rica y floreciente Europa. Pero, en la década de los 70, la británica publicó Middlemarch, su mejor obra, y Daniel Deronda, su última gran publicación y que, después de muchas décadas, ha recuperado el beneplácito de la crítica. Estos dos libros colocan a George Eliot como, efectivamente, una de las más grandes. Son dos libros enormes, largos, jugosos, donde la novela de siempre se introduce de lleno en el retrato moroso e inteligente de la psicología de unos personajes vivos, reales, para convertir la trama en algo secundario a favor de una crítica mordaz, científica, despiadada de la sociedad de su tiempo.
Daniel Deronda –novela que influyó decisivamente en Retrato de una dama de Henry James– es una novela ciertamente original. El protagonista, que da título al libro, poco a poco se va sumergiendo en un entorno judío para encontrar en él sus orígenes y la felicidad. Mientras tanto, se codea con parte de la alta sociedad victoriana, tan hipócrita, tan imagocrática, tan cruel, tan implacable, en especial con Gwendoleth Harleth, bellísima mujer, esclava de su belleza y de su destino, que aprende a ser mejor junto a Deronda.
Aparte del tema judío, con referencias al sionismo treinta años anteriores a la doctrina Balfour y un peculiar y adelantado acercamiento a la Cábala, lo más original de este libro es que su héroe es un completo dechado de virtudes. Es tan perfecto que ayuda a todos los que lo necesitan, tan orientado a la verdad que le cuesta enormes esfuerzos vivir de acuerdo a sus ideas. En ese sentido es una especie de antihéroe narrativo, sobre todo porque, según avanza la novela, va tomando los caminos contrarios a lo que se estilaba hacia 1876. Quizás por eso, por políticamente incorrecta, fue tan severamente juzgada por aquel entonces.
Daniel Deronda, aunque a veces resulta un poco pesada, es una obra descomunal, difícilmente accesible, una obra adelantada a su tiempo en todos los terrenos, especialmente destacables el dominio y revolución de las técnicas narrativas. Sin llegar a la perfección de Middlemarch, es una novela grandiosa, imprescindible. Eliot intenta abarcarlo todo, crear un universo paralelo, mostrar a los personajes hasta el último de los detalles. De ahí que, aparte de los protagonistas, surjan maravillosos secundarios como Klesmer, Mirah, Grandcourt y muchos otros. Un monumento literario de primera magnitud.
Reveladoramente, Daniel Deronda no ha estado disponible en castellano hasta este mismo año, cuando Homolegens ha sacado un voluminoso libro que, tristemente, presenta una paupérrima traducción que no hace justicia al original ni al idioma que hablamos y leemos cientos de millones de personas. Aparte de lo dudoso de muchos párrafos –especialmente los que muestran pensamientos profundos de la escritora–, Jacinto Forment demuestra un precario dominio de la gramática española –por poner un ejemplo, no sabe distinguir entre deber + infinitivo y deber de + infinitivo–, lo que perjudica notablemente al conjunto de la novela.
Estamos hablando de un libro denso, ambicioso, difícil. Leerlo en inglés es terriblemente arduo. Pero hacerlo en un mal castellano no ayudará a que la novela sea precisamente popular. Sin embargo, es mejor eso que no tenerla disponible en nuestro idioma. Porque, como afirmaba Leavis, hay que acercarse a George Eliot porque es una de las grandes; junto a Tolstoi, Dickens, Balzac, Eça de Queirós, Thackeray, Austen, Dostoievski, etc. forma parte de la mejor época de la novela universal. Daniel Deronda, a pesar de sus defectos, es una de las más grandes narraciones de todos los tiempos. En buen inglés o mal español.
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