Por enésima vez, el terrorismo palestino se ha cruzado en el camino de los procesos de negociación para la paz entre los árabes e Israel. En una primera fase fue el terrorismo nacionalista de Al Fatah y en la actual lo es el terrorismo islamista de Hamás. Aquel, durante largo tiempo, dependiente de Moscú, y éste, desde su implantación excluyente en la Franja de Gaza, pilotado por la República Islámica de Irán. No importando que los persas comulguen en el chiísmo y la gente de Hamás lo haga en el sunismo, versión radical-integrista de cuya cepa procede el terrorismo de Al Qaeda.
Tampoco parece que habrá de importar mucho a la hemiplejia moral de tantas progresías que los asesinos de los cuatro israelíes – dos hombres y dos mujeres, una de ellas embarazada – representen a la causa de los auxiliados por las “flotas de la paz” que sucesivamente han intentado llegar a Gaza con cosas para los sitiados. Entre los que se empotran, tomándolos como escudos humanos, quienes provocaron la guerra de diciembre de 2008 para abortar el proceso de negociación que había comenzado desde la base aportada por la Conferencia de Anápolis.
La dictadura iraní no quiere que la paz se establezca ni que el Israel reconocido finalmente por todos los árabes se avenga a la creación de un Estado palestino con sede capitalina en Jerusalén Este. Por eso activó los gatillos de los descerebrados de turno para que mataran a sangre fría, distancia cero, a cuatro israelíes, a quienes detendrían con alguna argucia en la autovía por la que viajaban. Ocurrieron los hechos, posiblemente, a la misma hora que en Washington se ultimaba el protocolo para el comienzo de unas negociaciones en cuyo éxito fía el presidente Obama para encontrar una de las vías de salida a su declinante gráfica de caída política. Pero todo pende de un hilo de difícil equilibrio, entre los israelíes que quieren más espacios para asentarse y los palestinos que se retirarían de la negociación si tales espacios se concediesen.
En cierto modo, el presidente Mubarak y el rey Abdalah de Jordania estarán presentes en el arranque del proceso como representación de la general voluntad árabe de que el mismo tenga el éxito que le negó a tantas otras tentativas de paz. El camino que se abre no será un camino de rosas. Aunque sí de espinas sin ellas. Lo han advertido los terroristas, amenazando con desestabilizar la negociación con todos los medios a su alcance. En ese escenario se encaja la parte blanda de los árabes y de Occidente en su pulso con la República Islámica de Irán.
Además del desafío nuclear, Teherán tiene mostrada ya su posición y su determinación de aliarse con Al Qaeda, pese a la condición originariamente suní de ésta. Lo tiene demostrado con Hamás y lo tiene señalado en Iraq, como potencial activador de primera línea en la insurgencia que combate – con ataques a los centros de reclutamiento – la ingente tarea iraquí de recomponer su Ejército.
Los islamismos de toda laya convergen hacia un plano, de interés común para ellos, de oposición al proceso de paz que comienza oficialmente hoy. Y así, de tal forma, a los terroristas no les van a faltar armadores ni financiadores. Ante ese frente y ese mundo de hostilidad a la paz en Oriente Medio parte este nuevo intento de concluir de una vez la cartografía política en la región. No hubiera estado de sobra ahora un poco más de nacionalismo árabe, tan destruido en los siete años de guerra habida en Iraq.