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Directora: Pilar Gassent - Nº 668 -  10 / II / 2012 
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OPINIÓN

Cuentas públicas, mejores o mejor presentadas

Primo González
 

Ha habido unas horas de incredulidad y muchas consultas cruzadas entre expertos, analistas y observadores. Pero lo que se puede constatar casi dos días después de conocer las cifras de la ejecución presupuestaria del Estado del mes de julio (y de los siete primeros meses del año) es que las cuentas de la nación van bastante mejor de lo que se temía. No es por supuesto para tirar cohetes. Simplemente se ha reducido el déficit a la mitad, que no es poco. En medio de tanta desgracia estadística y contable, tenemos por fin unos datos menos dramáticos y sencillamente menos malos. ¿Ha sido necesaria mucha ingeniería contable para maquillar? Posiblemente mucha menos de la que dicen los suspicaces, que harían bastante mejor en orientar sus sospechas y maledicencias hacia la Administración periférica (Autonomías y Municipios), que viven en un auténtico limbo estadístico.

Pero más allá de las tripas de las estadísticas oficiales del Estado (insisto, sólo del Estado, porque de Autonomías y de Ayuntamiento nada se sabe a estas alturas del año, cuestión desde luego bastante grave en una crisis como la actual), lo que interesa en una primera lectura es constatar la mejora radical del déficit, la sensación de que es posible bajarlo hasta el 6% del PIB a final de año en un esfuerzo sin duda encomiable (el año pasado fue el doble), esfuerzo que los numerosos ojos que nos observan valorarán en su justa medida y que el impacto positivo en los mercados ha sido bastante inmediato y desde luego positivo. El diferencial de tipos de interés, que llevaba unas pocas semanas subiendo, se ha frenado primero y ha comenzado a bajar después, ya que este miércoles ha cerrado sensiblemente por debajo de estos últimos días.

Las cifras de ejecución presupuestaria del mes de julio reflejan, como pueden, el aumento del IVA, que es ahora un poco más alto y cuenta por ello con mayor capacidad recaudatoria, aunque muchas compras posiblemente se anticiparon al mes de junio e incluso antes para eludir el pico de encarecimiento que se produciría a partir de la entrada en vigor de la subida. Además, muchas redes comerciales han encajado los aumentos a costa de sus márgenes, lo que ha facilitado la fluidez de las ventas sin que ello haya afectado a la recaudación impositiva de forma significativa.

Hay algunos detalles técnicos que los analistas han estado escrutando estas últimas horas, como el cambio de periodificación en las liquidaciones del IVA, que ha provocado un aumento artificial en las liquidaciones de estos últimos meses. Hay un impacto considerable en la recaudación del IRPF, en donde ya no cuentan las deducciones aquellas de los 400 euros, que tanta gracia le hicieron en su día a Zapatero y que con tanta razón fueron severamente criticadas como un acto electoralista y oportunista, que poco iba a procurar a la renta de los españoles y sí en cambio un serio quebranto a la salud de las cuentas públicas, una salud que ya hemos visto que interesa cuidar al máximo para no incurrir en serios problemas de financiación internacional.

Del lado de los gastos, hay reducciones interesantes en algunos capítulos ya conocidas, como los salarios del sector público. Por desgracia, hay gastos que se han reducido o no han crecido como deberían para demérito del resto de la economía, como los gastos de inversión, que justamente son los que necesita una economía en crisis para compensar el deterioro de otras partidas más ligadas al ciclo.

En suma, el recorte del déficit parece obedecer a una sana distribución de dinero entre las partidas del “debe” y del “haber”, es decir, tanto de los gastos como de los ingresos y ello sin alterar de forma excesiva (excepto la subida del IVA) la estructura de las tarifas fiscales. Tampoco ha sido necesario echar mano de esa permanente amenaza que esgrimen los ideólogos de la izquierda y de las que de vez en cuanto se hace eco Zapatero para desesperación de la vicepresidenta Salgado, esa disposición adicional que habla de sangrar más “a los que más tienen” o a “los que más ganan” mediante algún instrumento que de antemano se adivina de dudosa eficacia recaudatoria ya que parece tener exclusivamente un alcance testimonial.

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