El error de comunicación que ha cometido el Gobierno y el Banco de España al incluir la publicación de las pruebas de resistencia de la casi totalidad de las entidades, frente a una media del 60% que han decidido incluir los demás países no es un error menor. La equivocación tiene su importancia.
Si uno de los objetivos de publicar los datos era facilitar la financiación de la banca, a partir de ahora una serie de entidades españolas seguirán teniendo muchos problemas, si es que no aumentan seriamente. Si cinco de los siete que suspenden son entidades españolas, en el segundo escalón de dificultad, de las 13 entidades peor posicionadas, ocho también son españolas.
Y esto es lo que ha ocurrido. El gobernador y la vicepresidenta segunda del Gobierno han tenido que matizar tanto el por qué de los siete únicos bancos que han fallado las pruebas y el hecho de que cinco cajas sean españolas, que está claro que pueden saber mucho de finanzas, pero suspenden en la estrategia de comunicación. La razón es que son ellos quienes han decidido que se compare lo que no es comparable. Es como comparar al Real Madrid, con un equipo de tercera alemán. O griego, igual da.
De lo que se trataba era de transmitir a los mercados y a los inversores la solidez del sistema bancario europeo, de su solidez y de su capacidad de resistencia a una eventual segunda crisis de confianza en la solvencia de los Estados. Saber qué entidades están preparadas y cuáles no para superar algo similar a lo que sucedió en mayo, cuando todo el mundo dudaba de que Grecia pudiera asumir sus obligaciones y no suspender pagos.
¿Y qué es lo que ha ocurrido? Si nos atenemos a las portadas y los comentarios de los diarios económicos más prestigiosos de Europa y de Estados Unidos, el resultado no puede ser peor.
De los comentarios de los analistas – los hay quienes incluso anticipan que van a vender en cuanto abra el mercado sus inversiones en entidades españolas- se desprende una inquietud similar a la existente cuando se agudizó la desconfianza sobre la situación griega.
En este contexto resulta incomprensible que el Gobierno no haya cuantificado el riesgo de publicar los resultados de la totalidad de entidades, que iban a ser comparados con las de los grandes de los demás países. Esto ha generado evidentemente la desconfianza en todo el sistema español, y no sólo en las cinco entidades que no aprueban, mientras los demás países sólo han dado a conocer los resultados de sus joyas de la corona, y se han negado a publicar la totalidad de su riesgo soberano, donde por cierto son más débiles.
Consecuencia fundamental de todo el desaguisado de comunicación del Ejecutivo y del Banco de España, con lo que nos encontramos es que después de haber presumido de que somos los mejores de Europa, prácticamente la banca española es la única que va a ser sobrevigilada a partir de ahora. Porque es en los países de los bancos que no han superado la prueba donde se va a centrar la atención.
Poco importa que las cantidades que se deban destinar para recapitalizar las entidades más débiles sean menos del 1% de los recursos propios de todo el sector, como advertía el gobernador del Banco de España. A los inversores les importa más la letra grande que la letra pequeña. Muchos no pasan de leer los titulares. Y los titulares son que cinco de los siete bancos que no superan las pruebas son españoles, para añadir además que las pruebas eran fáciles.
Además, si se aumentaran las exigencias del 6 al 7% del capital básico de una entidad para estimar que pudiera sobrevivir ante una segunda oleada de desconfianza, de nuevo serían los bancos españoles los que nutrirían el grueso de los afectados.
Salgado y Fernández Ordóñez deben comprender que si uno de los objetivos de la publicación de estos test era facilitar la financiación de la banca, a partir de ahora van a seguir teniendo muchos problemas. Y con ellos, seguirá sufriendo su política crediticia para facilitar el crecimiento económico.