Cuando, en diciembre de 2003 y como consecuencia del Pacto del Tinell, se constituyó, con Pasqual Maragall a la cabeza, un Gobierno tripartito al frente de la Generalitat, cambiaron en Cataluña los vientos políticos dominantes desde la Transición. El PSC, ERC e ICV-EUiA unieron sus fuerzas, en una mayoría artificial y forzada que, con el relevo de Maragall por José Montilla como president, ha regido en estos siete años el acontecer público catalán y, en lo que se me alcanza, ha crispado en demasía y con perjuicio para los ciudadanos las tensiones internas en la región y sus relaciones con el resto de España. Algo insensato sustentado en un patológico afán diferencial más que soberanista y contrario a las esencias históricas del lugar.
Ahora, a la vista de las próximas elecciones autonómicas, la tensión es excesiva y, por encima del pretendido seny catalán, brillan los cuchillos de la dialéctica barata y peleona, electorera. Este pasado fin de semana, en el curso de un Consejo Nacional conjunto de CDC y UDC, Artur Mas, rabioso y peleón, ha dicho que es necesario “acabar con la época en que un presidente de Cataluña hacía de monaguillo de un presidente del Gobierno de España”. Llamarle monaguillo a Montilla es tanto como reconocerle a Zapatero la condición de presbítero. Algo excesivo a todas luces. Uno, en el ámbito del Estado, y otro, en su dimensión autonómica, son dos piezas menores de la política. Ni el de León esta en los latines ni el de Iznájar parece capaz de manejar el incensario sin que se le apague la brasa y, mucho menos, entender cual es el lado de la epístola y cual el del evangelio.
Para no ser menos, y colocado el debate catalán a la lamentable altura que se contempla, el PSC le ha devuelto el epíteto al líder de CiU diciéndole que, en su día, fue el “mayordomo” de Aznar y que ahora aspira a ser el “ama de llaves” de Rajoy”. No alcanzo a comprender, siendo simétricas las funciones tradicionales del ama de llaves y del mayordomo, por qué a los sesudos analistas del PSC les parece Artur Mas propio para mayordomo con Aznar y, para servir a Rajoy, necesitaría cambiar de sexo y parecerse – supongo – a Joan Fontaine en su papel de Rebeca.
“Me duele España”, decía Miguel de Unamuno, el filosofo por antonomasia en la España del siglo XX. Siguiendo su magisterio, y sin habernos redimido del dolor que afectaba al maestro, debemos decir hoy que “me duele Cataluña”. Es el dolor que producen el despropósito funcional que arruina y acateta la región y la falacia ideológica que pretende imponer la obsesión diferencial que, por encima del separatismo, alimenta al nacionalismo clásico de Cataluña y al más nuevo y sobrevenido, el que representa el PSC. Un PSC que, cada día, cuesta más entender como pieza esencial del PSOE. Hasta ahora, “el otro” gran partido nacional
Ayer, domingo, se celebró corrida de toros en la Monumental de Barcelona. Componían el cartel, muy posiblemente el último en la historia de la plaza y de Cataluña, Paquirri, El Fandi y Talavante. Antes de empezar el festejo y en los alrededores del coso, tres docenas de antitaurinos se manifestaron por la abolición de las corridas en Cataluña y medio centenar de protaurinos, con la palabra “libertad” en la boca, gritaban por la continuidad de la tradición. Eso demuestra “la pasión” social que acompaña al problema que, el miércoles, ocupara al Parlament.
Cuando, en el ojo de un tremendo huracán económico que nos empobrece y tiene en el paro a más de cuatro millones y medio de ciudadanos, un Parlamento, aunque sea autonómico, tiene como gran problema el dilema entre la abolición y la continuidad de las corridas de toros es síntoma de una muy profunda enfermedad. Es la demostración de que una clase política dominante es capaz de inventar problemas que no están ni en la conciencia ni en la demanda de la ciudadanía para reforzar su posición “contra” la identidad española que, por lo menos constitucionalmente, corresponde a Cataluña.
Hace cerca de veinte años, cuando el debate tenía algún sentido, en Canarias prohibieron los toros. Era la formulación legal e innecesaria de algo que era una realidad de conducta. Los ciudadanos no iban a la única plaza de quedaba en el archipiélago. Lo de Cataluña es, como señalaba más arriba, puro afán diferenciador. La Monumental de Barcelona viene celebrando festejos constantemente y con éxito de público. Más todavía, es una de las tres plazas españolas con mayor afluencia de turistas. Prohibir, especialmente prohibir lo innecesario, es una mala costumbre totalitaria que, cuando se ejerce en un ámbito teóricamente democrático es síntoma inequívoco de dirigismo desde el poder. Un abuso que trata de ahormar conciencia y costumbres.
Una Cataluña que fue pionera del europeismo español, que resultaba abierta y cosmopolita, avanzada, en los días franquistas que ensombrecían la realidad española y dejaban sin sentido la palabra libertad, vive ahora la gran confusión que sintomatizan circunstancias como las que recojo en esta columna. Una Cataluña que se empequeñece y autolimita para ser diferente con (el resto de) España es un dolor que me duele.