Cualquiera que haya leído este sábado pasado los resultados de las pruebas de estrés de la banca europea (a los que España ha concurrido con el 95% de su sector financiero, el porcentaje más elevado de toda Europa) habrá llegado a conclusiones muy dispares si toma nota de la espectacular presentación realizada por el diario británico de mayor difusión en medios económicos europeos, el Financial Times, o por el contrario hace caso de lo que proclamaban las portadas de los diarios españoles.
No hacía falta leer siquiera la portada del diario británico. Bastaba con mirar. Bajo un escueto titular en el que se decía que siete entidades europeas están al borde de la quiebra, la bandera española ondeaba sobre los nombres de cinco pequeñas cajas de ahorros nacionales (por cierto, algunas con nombres tan irreconocibles para un público internacional como Diada o Espiga), tras destacar también en el título que cinco de las siete peores entidades europeas son españolas. A continuación, un banco alemán y otro griego para completar el grupo de entidades con problemas de solvencia si la crisis se agrava hasta extremos delimitados por los bancos centrales de cada país, criterios por cierto que en el caso del Banco de España han sido bastante más exigencias que en el caso de otros reguladores europeos.
Diríase, en suma, que la crisis bancaria europea que hemos vivido en los dos últimos años es cosa española, que tiene nombre y apellidos españoles y que está de sobra, por improcedente, esa imagen que ha pretendido fabricarse España de contar con el sector financiero mejor y más solvente de Europa. Puede que se trate de una particular represalia de algunos medios financieros o incluso políticos dispuestos a hacerle pagar a Zapatero y a los bancos españolas esa victoria política lograda hace unas semanas cuando España logró imponer a sus colegas europeos la publicación de los resultados de las pruebas de resistencia de la banca europea a lo largo de esta crisis, unos resultados que - según sabían las autoridades españolas – favorecían claramente a España en la medida en que su publicación podría ayudar a superar la dura crisis de la deuda soberana doméstica, que por entonces estaba siendo severamente castigada por los mercados, provocando un diferencial de tipos de interés en contra de los títulos emitidos por el Tesoro español que amenazaba con agravar aún más nuestro déficit público.
En todo caso, la presentación realizada por la prensa española de los resultados de los test dista mucho del carácter sombrío que nos han asignado los medios de difusión europeos. “Los bancos españoles aprueban”, decía El País el sábado. “La Banca sale airosa de una dura prueba de resistencia”, proclamó El Mundo. Más descriptivo, ABC tituló: “El test de solvencia salva a la banca y suspende a cinco grupos de cajas”. La Vanguardia también destacó el hecho en línea similar: “Bancos y cajas superan el examen con buena nota”.
Parece evidente que los resultados finales del Comité de Supervisores Bancarios han recortado un poco el triunfalismo que se manejaba en medios políticos y financieros españoles (sobre todo políticos) en las últimas semanas a propósito de este asunto, pero de ahí a ofrecer una lectura tan escandalosamente sesgada, que podría inducir a un lector poco avisado a pensar que la banca española está poco menos que en quiebra, hay lógicamente un abismo. Las ayudas que han recibido o recibirán las cajas de ahorros españolas con problemas no representan más allá del 4% de lo que los Estados europeos han inyectado a los bancos de sus respectivos países.
Es más, el análisis de la resistencia de los bancos y cajas de ahorros se ha realizado de forma radicalmente desigual en España y en otros países europeos: España ha sometido a análisis al 95% del sistema, mientras Alemania apenas lo ha hecho con el 60% de los activos de su sistema bancario. La afloración de problemas en algunas pequeñas cajas de ahorros españolas no se habría producido si España hubiera realizado un análisis del 60% del sistema bancario doméstico, es decir, lo mismo que Alemania. De haber sido así, nos habríamos librado de una humillante portada del Financial Times.