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El calentamiento global de Al Gore

José Javaloyes

Publicado el 01-07-2010

El asunto se asomó días atrás a las páginas de Internet, pero no se sostuvo poco ni mucho. Pero ahora resulta que las fuentes policiales, luego de darle el carpetazo a la historia vuelve de nuevo a ella. No se sabe porqué, porque la policía anticipa que no dará explicaciones adicionales. Aunque la historia sea un tema menor en sí, deja de serlo, sin embargo, en razón de ser quien es aquel que aparece como centro y protagonista de ella.

La cosa no es sólo que se trate de un ex vicepresidente de los Estados Unidos a lo largo de dos legislaturas; o que, en esa demorada instalación junto al vértice del Imperio, el entonces presidente Clinton tuviera el asunto aquel con la becaria, de tan clamorosa repercusión política y mediática en una sociedad como la norteamericana, tan mayoritariamente conservadora; ni tampoco por el hecho de que Al Gore fuera después candidato demócrata a la Casa Blanca, en una campaña muy dura frente a quien finalmente por muy poco le venció, George W.Bush.

El quid de la cuestión es que el protagonista de este macrochisme de paso universal y global es un icono de la moral ecológica o, más propiamente, del ecologismo como moral. Pero no de un ecologismo cualquiera sino del que, en cierto modo, parece promover el cambio de la moral de la salvación individual del hombre, por otra que tiene como fin la salvación del planeta Tierra en que habitamos.

Una salvación o redención resultante de la tarea de que el hombre purgue con renuncias y castigo económico por ser el causante, desde su codicia como especie, del efecto invernadero, de la contaminación atmosférica y del calentamiento planetario, que acabará con el habitat del oso blanco tras la reducción crítica de los hielos árticos, a causa del vicioso recurso a los combustibles fósiles. Por no tener en cuenta las ventajas salvíficas de las energías renovables.

Discurso tan sostenido al pairo del famoso comité de sabios que organizó Naciones unidas, con su cálculo profético de un supuesto calentamiento insostenible de la Tierra, no sólo llevó al señor Gore a la obtención un Premio Nobel, sino también a la del Príncipe de Asturias en su correspondiente versión y asignatura. Menos mal que pasó lo que pasó en la Cumbre de Copenhague sobre el Clima. Y que trascendieron los manejos chapuceros y tramposos de científicos más dados a su complicidad en los prejuicios que a comulgar con los datos de la ciencia y el peso de las evidencias.

Sobreviene la historia de las incontinencias sexuales de este compacto y vigoroso devorador de nitrógeno, cuando el hachazo de la crisis proviene en buena parte de los dispendios de tantos organismos públicos – con los impuestos del contribuyente como carburante -, que colmaron los bolsillos de este profeta de la eco-redención, haciéndole mucho más rico de lo mucho que ya era.

Pero, al fin y a la postre, la historia que le ha traído inopinadamente a la actualidad; cuando el asunto que le ha hecho más sostenidamente famoso de lo que fue cuando estaba en la política, es asunto declinante, estrella casi muerta, resulta una historia de configuración diría que científica en sus conclusiones. El único calentamiento global probado ha sido el del propio Al Gore.


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